Hay días en que la jornada para eviscerar pinchagua empieza pasada la medianoche y la oscuridad no es excusa para trabajar.
Alrededor de la 01h00, llegan los camiones hasta el sector de Las Gilces, parroquia Crucita, cargados de esos pescados pequeños que no solo sirven para preparar ceviche, pues en su mayoría son llevados a las fábricas de Manta para la elaboración de sardina.
A esa hora, Noé Demera y su esposa, Mariana Vargas, ya están listos para una larga faena. Saben que el tiempo apremia y que cada minuto cuenta cuando el pescado llega.
La memoria que se mueve entre cuchillos
Demera tiene 59 años, es diabético y lleva 48 años en este oficio. Mientras descama y retira el tripaje con un cuchillo bien afilado, sus manos se mueven con una rapidez que impresiona, fruto de décadas de experiencia.
Recuerda que, décadas atrás, la playa era extensa y las embarcaciones llegaban cargadas de pinchagua. Entonces debían ingresar al mar para subir a los barcos y tomar los peces directamente. "El que agarraba más, trabajaba; el que no agarraba, no trabajaba porque había bastante gente", relata.
Hoy la escena es distinta. "Ahora nos traen hasta acá", dice, sin detener la faena.
Galpones, mesones y jornadas que no esperan
Hace unos 20 años, explica Demera, comenzaron a trabajar en los galpones. Son estructuras amplias, con mesones de madera ubicados bajo una gran cubierta hecha de caña, madera y hojas de palma de tagua, conocidas como cade.
Su labor consiste en cortar el pescado y dejarlo listo para ser llevado a las fábricas. El pago es por producción: dos dólares por cada tacho limpio. En una jornada de doce horas, Demera ha logrado procesar cinco tachos, con lo que ha ganado diez dólares, pero su jornada de trabajo se puede extender más, cuando llegan más peces.
Dice que no siempre hay trabajo y, cuando lo hay, no se puede desaprovechar porque necesita ese ingreso para cubrir los gastos de su salud.
Trabajar cuando llega el pescado
Mariana Vargas, su esposa, lleva 30 años en el mismo oficio. Aprovecha cada día en el que llegan los camiones, porque hay días en los que no aparece ni un solo pescado.
"Hay días que no llegan, sobre todo cuando entra la veda", explica. La incertidumbre es parte de la rutina en Las Gilces.
"Esto es como para sobrevivir, porque esta es la única fuente de trabajo aquí", comenta, mientras continúa con la faena, al ritmo del resto de trabajadores.
Cuando el pescado ya no llega de aquí
El sonido de los cuchillos golpeando los mesones es constante en el galpón. Su propietario, Luis Alberto Mero, observa el trabajo de decenas de personas que dependen de esta actividad.
Dice que actualmente hay trabajo porque la pinchagua llega desde Esmeraldas. "Por aquí no hay nada. El pescado por aquí ya no hay", afirma. Según señala, esta situación se viene dando desde hace unos dos años.
Mero considera que la escasez de peces en las costas manabitas se debe a la falta de reproducción, pues en años anteriores se capturaban incluso peces pequeños.
La única fuente de sustento
Aun así, el galpón se mantiene activo cada vez que llegan los camiones. Para muchas familias de Las Gilces, esta faena diurna y nocturna es el único sustento posible.
"Esta es la única fuente de trabajo para la gente", insiste Mero, consciente de que, sin estos tachos de pescado, la economía de la comunidad se paraliza.
Cuando todo está listo, los camiones retoman su ruta hacia Manta para procesar las sardinas.