Por más de un siglo, el Cementerio General de Portoviejo ha sido el lugar donde reposan los cuerpos y las memorias de miles de portovejenses y manabitas. Basta caminar por sus pasillos, entre bóvedas, tumbas, y cruces para entender cómo también ahí, en medio del silencio, el tiempo ha hecho lo suyo.
Los modelos de las lápidas incluso han cambiado, y con ellos, también ha evolucionado la forma en la que las familias recuerdan a sus muertos.
Tumbas con más de un siglo
Entre las tumbas más antiguas en el cementerio general de Portoviejo, resalta la de Tiburcio Macías, un reconocido y destacado maestro oriundo de Calceta que en Portoviejo dejó una huella que aún perdura. Su tumba, es una de las más antiguas y en la lápida permanece impregnado su nombre con la fecha de su fallecimiento: 7 de abril de 1907.
Pero la bóveda más antigua data de 1893, explica el encargado del cementerio, quien conoce a la perfección cada pasillo y muestra la tumba de Luz Marian García, que lleva impregnado la fecha de su fallecimiento. También está la tumba de Guillermina Loor, en cuyo honor hoy funciona un centro gerontológico.
Las lápidas de estos personajes representan a cada época, cuando la memoria se escribía en piedra sencilla, sin adornos ni fotografías. Hoy, eso ha cambiado.
Wagner Jaramillo, es un artesano de lápidas de Portoviejo y ha sido testigo de esa transformación. Hace más de 20 años que empezó con este oficio, se trabajaba con lápidas de yeso, un material que ya ha desaparecido del mercado. “Cuando empecé, el yeso ya estaba en sus últimos días. Ahora todo es mármol”, recuerda.
Prefieren lápidas con fotografías
Las lápidas de ahora reflejan emociones y rostros. Anteriormente, se colocaba el nombre de la persona junto a las fechas de nacimiento y de fallecimiento, sin muchos detalles. Ahora, las personas piden imágenes, como las del Niño Divino, Jesús, y la fotografía de la persona fallecida tallada.
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