“Sírvase unos caramelos que le harán bien para el aliento y la respiración”. Las palabras provenían de una de las tantas personas que, tratando de ganarse unos centavos para su manutención, abordan a los conductores de vehículos en la zona cebra o de semáforos en las calles de Portoviejo.

Recordé los consejos de algunos que sugieren no colaborar para evitar la proliferación de la mendicidad, en especial de quienes bien pueden laborar en trabajos informales, pero prefieren pedir antes que trabajar. Y tienen mucha razón.

Sin embargo, aquella mirada dolida, como de angustia que clamaba solidaridad, me convenció. Le entregué un dólar y no le recibí los mentolados que me ofrecía. La esperada “gracias” verbal fue intensificada por una inesperada expresión en su rostro: unos ojos, casi llorosos, fueron convincentes a mi solidaridad.

¡Cuánta necesidad represada habrá estado sufriendo esta persona, cuánto tiempo frustrado sin apoyo alguno, cuántas negativas o rechazos habrá recibido como para que un modesto aporte haya generado reacción tan intensa en su alma! Tengo más años vividos que los por vivir, me confieso ducho en estas experiencias sociales, especialmente en las que suelen presentarse en los días cercanos a la temporada navideña; pero esta ocasión fue especial. Conectaron rápidamente mis pensamientos generando esa plácida y grande satisfacción que se siente el ser útil y servicial.

Fue el impacto —probablemente— con la verdadera necesidad de alguien que se siente abandonado a su suerte, en una sociedad que se endurece a pasos acelerados.

Recién empieza la época de fin de año; los próximos días se volverán más intensos, con proliferación de personas que, en las calles, demandarán la ayuda ciudadana con motivos diversos, pero mayoritariamente alegando la cercanía de la Navidad. Y los hay de todo: vivarachos, explotadores de menores, oportunistas clásicos de temporadas, así como de realmente necesitados. Y dependerá de la experiencia y del corazón de cada quien para enfrentar la situación, en momentos de mostrar humanidad en tiempos de solidaridad.

Porque ser solidario no es acto de caridad ni de compasión, es el abrir y tender una mano sincera de generosidad a quienes atraviesan la etapa escabrosa de la miseria, del abandono, de la injusticia, probablemente de la misma humanidad. Preparémonos, entonces, para los momentos en que debamos abrir nuestros corazones a las urgencias de los desamparados y servirlos como hermanos, escuchando sus silencios cuando sufren de hambre, sed y el mayor frío proveniente de la indiferencia social.

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