Ecuador es un país profundamente plural. En nuestras calles, mercados y montañas conviven historias y acentos, rostros y colores que son testimonio de siglos de mestizaje y encuentro cultural.
Esa diversidad —que debería ser motivo de orgullo nacional—, a menudo se convierte en excusa para la burla o el desprecio. Todavía se usan términos como “cholo”, “montuvio” o “indio” con una carga peyorativa que hiere y que niega la esencia misma de nuestra identidad. Olvidamos que esas palabras, lejos de ser insultos, representan culturas vivas, tradiciones que han sostenido al país cuando otros cimientos tambaleaban.
Decir “el que no tiene de inga tiene de mandinga” no es solo una frase popular; es la afirmación de que el Ecuador es, sobre todo, mestizo. No en un sentido uniforme, sino como una mezcla de raíces que se entrelazan para formar una identidad colectiva. Somos herederos de pueblos originarios, de afrodescendientes, de europeos y de migrantes de todas partes. Cada grupo ha aportado su voz, su comida, su música, su manera de entender el mundo. Esa fusión nos hace únicos. Sin embargo, seguimos dividiendo lo que la historia unió, usando el origen o el color de piel como medida del valor de una persona.
El respeto a la pluriculturalidad no debe quedarse en el discurso político o académico. Debe ser una práctica cotidiana: en la escuela, cuando un niño se burla del acento de otro; en el trabajo, cuando se discrimina por la ropa o por el apellido; en la calle, cuando se ridiculiza a quien tiene una discapacidad o se insulta a quien no tiene empleo. Las diferencias no nos restan humanidad: nos la amplían.
También debemos mirar con empatía a quienes enfrentan discapacidades o condiciones físicas distintas. En una sociedad verdaderamente justa, nadie debería sentirse menos por caminar diferente, por usar un bastón o por comunicarse con las manos. Las limitaciones no definen el valor de una vida. Tampoco la pobreza, ni la nacionalidad, ni la situación laboral. Burlarse de quien no tiene recursos o de quien llega desde otro país en busca de oportunidades es repetir, con otros nombres, el mismo desprecio que alimenta el racismo y la exclusión.
La discriminación no empieza con un acto violento, sino con una palabra mal dicha, con una risa en el momento equivocado, con el silencio cómplice ante la humillación. Por eso, el respeto a las identidades y a las diferencias debe enseñarse desde la infancia, en el hogar y en la escuela. Comprender que nadie es menos que nadie es una lección tan importante como aprender a leer o escribir.
Ecuador, en su pluralidad, tiene la oportunidad de ser ejemplo de convivencia. La verdadera riqueza del país no está en el petróleo ni en el oro, sino en su gente. En cada campesino, pescador, maestro o artesano que lleva en la piel el mapa de una historia común. Aceptar esa diversidad no es una concesión: es un acto de justicia. Porque cuando aprendamos a respetar todas las formas de ser y de vivir, habremos dado el paso más importante hacia la igualdad real: reconocer que todos somos distintos, pero igualmente valiosos.