Ecuador parece vivir en una larga madrugada: no es todavía de día, pero tampoco es plenamente de noche. Somos un país que respira entre cifras y silencios, donde el ruido de la cotidianidad oculta una verdad incómoda. Nuestra sociedad se está desgastando, como una cuerda que se tensa más allá de su límite.

Las estadísticas hablan con crudeza. La economía se desacelera, el empleo digno se vuelve un espejismo y el tejido social se deshace en hilos sueltos de informalidad, migración forzada y desigualdad persistente. Pero, más allá de los números, la fractura más profunda es la erosión de la confianza. Ya no confiamos en las instituciones, ni en los liderazgos, ni siquiera en el vecino, y una nación sin confianza es como un río sin cauce: tarde o temprano termina desbordándose.

En los barrios, la violencia deja cicatrices visibles e invisibles; la escuela, que debería ser refugio, se convierte en escenario de temor; el campo, en una promesa olvidada; y la ciudad, en un tablero donde sobrevivir parece ser la regla no escrita. Nos hemos acostumbrado a la noticia trágica, a la corrupción que se repite como eco y al "sálvese quien pueda" como ética cotidiana.

Sin embargo, no todo es ruina. También somos la ternura de un corazón al amanecer, la resiliencia de la madre que estudia con sus hijos bajo una bombilla cansada y la creatividad del joven que emprende desde la nada. Existe una energía subterránea que insiste en florecer, incluso en los suelos más áridos.

Desde lo técnico, la claridad es inevitable: sin planificación de largo plazo, sin políticas públicas sostenidas y sin inversión en educación, agua, ciencia y cultura, seguiremos atrapados en un ciclo de urgencias. Lo poético nos recuerda que una nación no es solo su PIB, sino también sus sueños compartidos; y lo reflexivo nos obliga a mirarnos al espejo reconociendo nuestra corresponsabilidad.

Quizás estamos en un punto de inflexión. La decadencia no es un destino, es una advertencia. Ecuador necesita volver a tejer comunidad, recuperar la ética de lo común, recuperar la seguridad, recuperar la paz. Hoy se necesitan líderes que sirvan, instituciones que sostengan y ciudadanos que no renuncien.

Porque aun en la madrugada más larga hay una línea tenue de luz que insiste en amanecer, y ese amanecer no llegará solo: tendremos que construirlo todos.

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