El reciente acuerdo firmado en Sharm el Sheij representa un paso importante hacia la paz en Oriente Próximo. Es positivo, pues el mundo ha visto con horror cómo la guerra destruye bienes y vidas sin ninguna compasión.

La iniciativa busca detener el sufrimiento en Gaza, abrir oportunidades económicas y garantizar la protección de los Derechos Humanos tanto para palestinos como para israelíes. Es, sin duda, un avance histórico que demuestra la voluntad política de poner fin a un conflicto que ha cobrado decenas de miles de vidas.

Sin embargo, el documento tiene vacíos que deben ser tomados en cuenta para garantizar una paz permanente. La ausencia de una mención clara al reconocimiento de un Estado palestino mantiene abierta una herida que, tarde o temprano, puede reabrir tensiones. La estabilidad duradera solo será posible si se asegura la autodeterminación de los pueblos y el cumplimiento efectivo de los compromisos asumidos por las partes firmantes.

La región necesita una paz justa, no solo una tregua temporal que puede romperse por cualquier divergencia. Por ello, los gobiernos deben convertir las promesas en acciones y establecer mecanismos de cumplimiento.