Históricamente, Ecuador ha adolecido de independencia económica, eléctrica y educacional, entre otras falencias, que no le han permitido lograr un avance macro en sus diferentes áreas, y mucho menos un desarrollo sostenido.
Todo esto ocurre a pesar de que nuestro país cuenta, por antonomasia, con diversos recursos naturales, forestales, agrícolas, acuáticos e intelectuales, entre otros.
En los años setenta, el rubro de mayor importancia en ingresos monetarios para el país fue el petróleo. Desde entonces, el oro negro se ha convertido en la base fundamental para financiar el Presupuesto General del Estado. Lamentablemente, de las diferentes administraciones que han gobernado y manejado el país, ninguna optó por una utilización racional y objetiva de los centenares de millones de dólares que ingresaron a las cuentas nacionales. Faltó inversión pública en plantas generadoras de energía eléctrica, lo que hoy nos obliga a depender de factores naturales y de países vecinos. El inventario de bienes de capital ecuatoriano es deficitario y no permite la fabricación oportuna de los productos de consumo que la población requiere, a lo que se suma su obsolescencia tecnológica y baja productividad efectiva.
Con leyes ambiguas y cambiantes es muy difícil que la inversión externa llegue al país. Debe existir seriedad y flexibilidad para el inversor foráneo, pues en contrapartida ello genera empleo, bonanza y paz social.
Somos víctimas de un añoso conflicto bélico entre el gobierno colombiano y las guerrillas, los paramilitares y los traficantes, que se han apoderado de nuestras fronteras norteñas para establecer allí sus bases de ataque y escape. Es una guerra externa en la que nada tenemos que ver, pero que como país debemos costear, destinando centenares de millones de dólares en logística y desplegando más de doce mil soldados para resguardarlas. Estos rubros y contingentes, altamente onerosos, se malgastan cuando son de gran necesidad para atender los problemas de salud, sociales, educacionales y económicos que nos aquejan.
Ecuador ha levantado su protesta ante esta situación perjudicial y, de manera concomitante, ha gravado con un impuesto arancelario a las importaciones provenientes de Colombia, como medida compensatoria a los gastos de seguridad generados. En rápida respuesta, Colombia nos cortó el flujo eléctrico que nos vendía y abastecía.
El raciocinio invita a reflexionar que, para evitar esta y futuras actitudes anómalas de los proveedores externos de bienes y servicios, debemos contar como país con nuestra propia megainfraestructura eléctrica, en pro de un Ecuador pequeño, pero autárquico y autosuficiente. Propendiendo a una patria soberana y feraz, que con tesón y corazón sea capaz de vencer todos los males y oprobios que la amedrentan.
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