Transcurría el mes de julio de 1972. Me encontraba preparando la primera Feria del Pacífico en mi calidad de consejero económico y comercial de la Embajada de Ecuador en Perú.
Estaba en pleno apogeo el proceso de integración subregional andino, siendo Lima la sede del llamado Pacto Andino. En dicha feria, realizada en el puerto del Callao, debían participar los seis países andinos: Ecuador, Colombia, Venezuela, Bolivia, Chile y Perú.
El agregado militar y aéreo, coronel Guillermo Lara Valencia, había escuchado en una radio de Quito a una niña que, desde los cinco años, cantaba especialmente música ecuatoriana con gran talento. Por ello, el funcionario me sugirió gestionar con la madre de la pequeña su participación en los eventos artísticos de la feria. Así fue como Paulina Tamayo, con apenas siete años de edad, llegó a Lima acompañada de su madre, una maestra lojana, profesora de canto en una escuela de Quito. No cabe duda de que ella fue su gran maestra y mentora.
Las alojé en mi residencia y, al día siguiente, se me ocurrió invitar a la reconocida cantautora peruana Chabuca Granda a compartir un café ecuatoriano, con el propósito de que conociera y escuchara a la pequeña cantante. Ella aceptó la invitación y, durante el encuentro, Paulina comenzó a cantar, entre otras melodías, aquella que dice: “Bésame hoy, que aún tengo las mejillas de seda y la boca olorosa como fresca manzana”. Luego nos sorprendió interpretando los famosos valses peruanos La flor de la canela y José Antonio, este último un homenaje de Chabuca al caballo de paso peruano de Piura.
Su voz era un gemido enternecedor, similar al de la también célebre cantante peruana Yma Sumac. Doña Chabuca no pudo contener las lágrimas de emoción: tomó a la niña entre sus brazos, la abrazó tiernamente y exclamó: “Ustedes, los ecuatorianos, tienen una joya. A esta niña le espera un gran futuro como cantante”. Aquellas palabras fueron una especie de profecía que se cumplió con los años, hasta convertir a Paulina en “La Grande del Ecuador”, quien lamentablemente acaba de fallecer a los 60 años.
Este recuerdo lo he llevado grabado en mi memoria cada vez que la escuchaba interpretar sus diferentes estilos, y hoy más que nunca, tras su partida hacia la eternidad, dejando a los ecuatorianos huérfanos de su voz magistral. He considerado oportuno compartir con mis lectores este recuerdo inolvidable, para que estas palabras se sumen a los justos homenajes que la ilustre artista ha recibido del pueblo ecuatoriano.
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