En un mundo fracturado por guerras, sanciones y desconfianza, la diplomacia suiza brilla por su eficacia discreta: no impone soluciones, sino que abre puertas. ¿Podría Ecuador, un país pequeño con escasos recursos militares y económicos, adoptar elementos de ese enfoque? La respuesta es sí, y en varias ocasiones lo ha hecho, aunque no de manera sostenida.

Suiza no debe admirarse por una neutralidad abstracta, sino por su capacidad para generar confianza entre enemigos. No se trata de ausentarse del mundo, sino de ofrecerse como un espacio seguro para el encuentro, los negocios y el diálogo. Ecuador ha transitado ese camino: fue garante en las conversaciones de paz entre el Gobierno colombiano y el ELN, demostrando que incluso sin poderío puede cumplir un rol de facilitador regional.

Claro, existen diferencias. Suiza mantiene, desde 1815, una neutralidad consensuada como política diplomática, por encima de partidos políticos o liderazgos coyunturales; además, cuenta con una economía estable y alberga sedes de organismos globales. Ecuador, en cambio, ha visto fluctuar su política exterior según el signo del gobierno de turno, lo que erosiona su credibilidad a largo plazo.

Sin embargo, ello no impide emular principios clave. Uno de ellos es la discreción estratégica, que consiste en priorizar los canales confidenciales en lugar de emitir juicios morales públicos sobre conflictos ajenos. Otro es la diplomacia humanitaria, considerando que Ecuador tiene experiencia acogiendo refugiados colombianos y venezolanos y ha promovido los derechos humanos en foros internacionales. Esa coherencia ética, más que ideológica, construye capital diplomático.

El verdadero reto no es imitar a Suiza, sino definir un nicho propio. ¿Por qué no consolidar a Quito o Guayaquil como sedes regionales para diálogos sobre integración, migración, cambio climático, integración comercial o seguridad ciudadana? América Latina necesita puentes, no muros.

Estamos ante un neoimperialismo que se expresa de distintas formas: el estadounidense, con una lógica hegemónica; el ruso, en su periferia inmediata; y el israelí, como proyecto colonial. Los tres comparten la negación de la autodeterminación de otros pueblos, el uso de la fuerza para reconfigurar fronteras o regímenes y la instrumentalización del derecho internacional cuando les conviene, o su ignorancia cuando obstaculiza sus objetivos.

En conjunto, estos casos revelan que el siglo XXI no ha superado el imperialismo, sino que lo ha transformado. Ya no se trata de colonias formales, sino de dominación y asimetrías disfrazadas de seguridad. Ante ello, la política diplomática del Ecuador del siglo XXI no debe ser de megáfonos, sino de escuchas atentas. La guerra comercial Colombia-Ecuador es una decisión ideológica, inspirada en la Doctrina Trump, que nos aleja del objetivo unificador de los grandes hombres que liberaron nuestras naciones: la unidad latinoamericana como respuesta frente al imperialismo.

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