Los pueblos, a lo largo de la historia, han buscado solucionar sus pesares escogiendo un héroe político que derrote al villano.

Esas luchas han alimentado las leyendas de caudillos salvadores, que con los años se han transformado en símbolos sobreproducidos del marketing tecnológico, representantes de la superficialidad adictiva denominada populismo democrático.

“O mueres como un héroe o vives lo suficiente para convertirte en un villano”, reflexionaba Harvey Dent en la película Batman: El caballero de la noche. Paradójicamente, el personaje de Dent, un fiscal implacable, en un santiamén pasó de ser un hombre bueno a un malvado enemigo de Batman. La transición de héroe a villano no es un asunto privativo de Hollywood; al contrario, en la política es un fenómeno previsible, casi inevitable.

Nuestra farándula politiquera promueve esta dicotomía de forma cíclica. Cada cierto tiempo asoma un héroe con ínfulas de salvador, listo para destronar al tirano de turno (electo por el pueblo cuando era bueno). Y así, con precisión matemática, el efecto contaminante del poder desgasta y embriaga al líder hasta volverlo un villano corrupto y autoritario, uno que representa todo aquello que juró combatir y que merece ser derrocado. Entonces, la inexorable ley del péndulo, ideada por Foucault, entra en acción distribuyendo el poder de un sector a otro, de una ideología a la siguiente.

En Ecuador, por ejemplo, sin retroceder a la prehistoria política, en las últimas dos décadas tenemos un claro ejemplo de la dinámica reseñada: el bueno contra el malo y la predecible mutación de héroe a villano.

En 2006, millones de ecuatorianos se volcaron en favor del joven y carismático Rafael Correa, quien anunciaba el fin de la malvada partidocracia. Triunfó contundentemente y, luego de aplastar a sus rivales, reinó a sus anchas, pese a mostrar ciertos pecados políticos similares a los que juró destruir. Ahora, Correa acusa al presidente Noboa, nuestro héroe de moda, de ser corrupto y autoritario. Irónico, ¿verdad?

La inquietud que cabe plantearse, si queremos detener la rueda de laboratorio que nos impone la ilusión de que avanzamos cuando realmente nos repetimos, es si debemos confiar ciegamente en la magnánima buena voluntad del salvador que invocamos y que supuestamente representa el presidente Noboa. ¿No deberíamos habernos vuelto expertos en identificar rasgos autoritarios en los políticos de turno? ¿O nuestros instintos se alinean dependiendo del lado de la tarima en que estemos y, desde ese sitio conveniente, apoyamos al héroe de turno, a nuestro villano favorito?

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