Aunque la ola de violencia y sufrimiento invade el país y es el tema central de artículos y opiniones, quiero en este espacio alegrar su corazón y hacer que su mente anhele momentos de gozo. Mi papá y mi mamá regresaron hace poco de un viaje al exterior y, como saben que soy fanática de las fragancias, tuvieron a bien obsequiarme un frasco de la línea privada de Armani, denominada Madera de Incienso.

El diseñador, ya fallecido, creó este líquido con incienso somalí, inspirado en el perfume más antiguo del mundo, Kyphi, para rememorar el recuerdo de su asistencia a las iglesias italianas junto a su abuela y capturar en un frasco el olor del mármol negro, del altar y del misticismo religioso envuelto en nostalgia. Imagínese la genialidad y, sobre todo, el cariño hacia su predecesora al crear un líquido oscuro, eclesiástico y majestuoso que evocara la infancia y el amor filial.

No he asistido a las iglesias italianas, pero sí he tenido la suerte de acompañar a mis seres queridos a templos religiosos cristianos y no cristianos, tanto en el país como fuera de él, y sin duda guardo cierta melancolía y un profundo respeto asociados a la espiritualidad o religiosidad, que se han grabado en mi mente y en mi memoria olfativa. En los templos marroquíes recuerdo el olor de la madera de oud o agarwood, del ámbar y del almizcle; en la Catedral de Colonia, en Alemania, disfruté del aroma de olíbano, como es típico en muchas iglesias europeas; en España, sin duda, el botafumeiro emanaba mirra, benjuí y resinas; en Egipto, el olor del benjuí y de maderas aromáticas se mezclaba con un suave y delicioso tabaco; y, en mi ciudad natal, Cuenca, recuerdo haber disfrutado del aroma del palo santo y del incienso y, si mi memoria no me falla, de un suave olor a flores típico del altar andino, esas botellitas con adhesivos florales que he visto portar a las ancianas y que de alguna manera asocio a la iglesia.

La espiritualidad ligada a los olores es una forma de conexión humana con lo sagrado. El olor, sin duda, es oración: afecta primero al sistema límbico —memoria y emoción— y activa una sensación de presencia, así como de elevación y trascendencia, hacia arriba, donde, de acuerdo con la tradición cristiana, moran los altos espíritus. El humo asciende y, en su camino, lleva la oración y las plegarias, las peticiones y el duelo sagrado. El perfume nació no en la moda, sino en los templos, y es un rito que nos recuerda la trascendencia, nuestra posibilidad de expansión y la profunda espiritualidad que nos caracteriza.

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