Duros, durísimos y hasta fatales son los momentos que el país atraviesa, después de que el presidente de la República firmara el decreto mediante el cual se modifica el subsidio al diésel.
A partir de esta decisión, totalmente necesaria y orientada a beneficiar a los sectores más necesitados de la patria, ha surgido una protesta indígena que nada tiene que ver con la medida gubernamental. No es otra cosa que la repetición de actos vandálicos ocurridos en anteriores ocasiones y con otros gobiernos.
Da la impresión de que se trata de una consabida manera de poner a prueba el temple de los mandatarios, incluso de aquellos que intentan reorganizar un país devastado por la corrupción impuesta por un partido “inolvidable”, precisamente por su nefasto legado. Ese proceso abrió las puertas a un sinnúmero de delitos de graves repercusiones.
Al presidente Noboa no solo le ha tocado enfrentar a las mafias en sus diversas manifestaciones, sino también lidiar con el levantamiento indígena, que más que una protesta constituye una demostración de vandalismo. Está impulsada, a veces de forma encubierta y otras abiertamente, por personajes que exhiben sin pudor su oportunismo, tras años de pretender acercarse al poder sin conseguirlo.
¿Hay solución para el caos que estos actores siembran y enarbolan como bandera? Difícil interrogante, que podría llevar a conclusiones pesimistas sobre la democracia. ¿Debería el Gobierno retroceder y dejar sin efecto el decreto? Definitivamente no. Y no por terquedad, sino porque la medida es correcta y ya produce efectos positivos.
¿Será acaso el diálogo la salida? Podría ser, y sería bienvenido. Pero los hechos destructivos contra bienes públicos y privados, las pérdidas económicas y la violencia desatada deben ser castigados ejemplarmente. Quienes dirigen este desbordamiento de hordas no pueden seguir actuando con impunidad.
Por ello sorprende que ciertos sectores de la comunidad internacional, complacientes en algunos casos con el desorden, se muestren inquietos ante los esfuerzos por restablecer la paz. Todos, incluso quienes no hemos sido directamente afectados, necesitamos con urgencia que el país recupere la tranquilidad.
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