Dios bendijo al valle de Portoviejo con colinas hermosas que lo rodean y le dan equilibrio, verdor y sentido.

En invierno, cuando las lluvias las cubren de verde, el paisaje parece un abrazo natural que envuelve la ciudad y le recuerda su origen: un valle fértil, protegido, privilegiado. Pero esa bendición se ha ido convirtiendo en una carga por la falta de atención, de respeto y de visión de las autoridades.

Las colinas que antes fueron fortaleza natural son hoy zonas invadidas, deforestadas y degradadas. Donde antes había árboles, ahora hay techos de zinc. Donde antes nacían quebradas limpias, hoy hay basura, polvo y calles sin servicios. La naturaleza fue reemplazada por el desorden urbano y la indiferencia institucional.

Durante años, las autoridades han prometido proteger esas lomas, pero la realidad muestra lo contrario. Las invasiones avanzan, los desmontes continúan, y los planes ambientales duermen en los archivos. Cada árbol talado significa más calor, más erosión y menos agua. Cada metro de cerro ocupado es un paso atrás en la calidad de vida de la ciudad.

Las colinas no solo son paisaje; son pulmones verdes, refugio de especies, reguladores del clima. Podrían ser parques ecológicos, corredores turísticos o miradores naturales. En otras ciudades, los cerros son orgullo y atractivo. En Portoviejo, se los deja morir lentamente bajo el peso de la pobreza y el abandono.

Si se quiere una ciudad moderna, segura y sostenible, hay que empezar por recuperar lo que la naturaleza dio gratis. Reforestar, controlar, planificar y educar no son gestos simbólicos sino tareas urgentes.

Dios bendijo a Portoviejo con este valle hermoso. Corresponde a sus autoridades y a su gente demostrar que esa bendición se merece.