La terminal terrestre de Manta, una obra relativamente nueva inaugurada tras el terremoto de 2016, empieza a mostrar un deterioro que refleja falta de mantenimiento y desinterés institucional.

El espacio que debería proyectar modernidad y orden se ha convertido en un lugar con pisos destruidos, cerámica levantada y zonas donde el cemento queda a la vista. A esto se suma la inoperatividad de varios baños y de los torniquetes, lo cual afecta directamente la experiencia de los usuarios.

Resulta contradictorio que una infraestructura concebida para impulsar la recuperación de la ciudad y mejorar la movilidad urbana muestre signos de abandono. La terminal es la primera impresión que reciben quienes llegan por vía terrestre a Manta; por tanto, debería mantenerse limpia, funcional y segura. Debería ser mejor, mucho mejor.

El Municipio y la Empresa Pública de Movilidad tienen la responsabilidad de actuar de inmediato. No se trata solo de reparar pisos o reabrir servicios, sino de establecer un plan sostenido de mantenimiento que preserve el valor de la inversión pública y que los usuarios vean reflejado en ello el valor que pagan por el uso de las instalaciones.

Dejar que una obra nueva se deteriore tan pronto representa un desperdicio de recursos que los ciudadanos no debemos tolerar.