A lo largo de varios meses me he preguntado sobre la soberanía tecnológica y sus implicaciones para la independencia y autonomía de los países, la seguridad y privacidad de los datos, el desarrollo económico y la adaptación cultural.

Las respuestas que encontré señalan, inicialmente, a la soberanía tecnológica como la capacidad de un país, comunidad u organización para controlar sus propias herramientas, infraestructuras y procesos digitales, lo que le permite desarrollar, gestionar y mantener tecnologías propias, asegurando el acceso y uso autónomo.

Entonces, la tarea es reducir la dependencia de tecnologías, proveedores y plataformas extranjeras (especialmente de grandes corporaciones o potencias) y asegurar que la tecnología sirva a los intereses y valores locales. Se trata de un posicionamiento estratégico que busca la gestión social de los recursos digitales para el desarrollo local, la autonomía y la protección de los derechos y la seguridad en la era digital.

Como la soberanía tecnológica todavía no se mide con un único índice oficial, sino que se evalúa analizando la capacidad de una región para ser autónoma en el desarrollo, producción y regulación de tecnologías críticas (como semiconductores, inteligencia artificial, computación en la nube e infraestructuras de telecomunicaciones), la evaluación general se centra en las capacidades tecnológicas de Estados Unidos, China y la Unión Europea.

Basado en este enfoque, Estados Unidos mantiene el liderazgo mundial en términos de creación e innovación; China es la región que ha hecho el mayor esfuerzo político y económico para alcanzar la autosuficiencia tecnológica, impulsada por iniciativas como Made in China 2025; y la Unión Europea se considera una superpotencia reguladora, aunque es tecnológicamente dependiente de Estados Unidos y China en áreas clave.

En cambio, América Latina presenta un panorama sombrío en cuanto a soberanía tecnológica. Si bien la región es muy activa en el debate conceptual y regulatorio (soberanía digital y de datos), se caracteriza por una alta dependencia estructural de tecnologías, hardware y plataformas provenientes, principalmente, de Estados Unidos y China.

Existe una dependencia casi total de la importación de hardware, desde chips y servidores hasta equipos de red 5G. La fabricación regional de componentes críticos es mínima o inexistente. También hay una alta dependencia de las grandes corporaciones globales para servicios en la nube, sistemas operativos y redes sociales.

La inversión en investigación y desarrollo (I+D) como porcentaje del PIB a nivel mundial representa el 46 % en Asia, el 29 % en América del Norte y el 21 % en Europa. En cambio, América Latina y el Caribe apenas alcanzan el 0,56 % del PIB. Esto limita la capacidad para generar tecnología propia y reducir la fuga de cerebros.

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