La gestión de riesgos debe retomarse como asignatura transversal en la educación básica de Ecuador.
Preparar estudiantes para enfrentar desastres es una obligación del sistema educativo. La escuela forma ciudadanía y, en un país expuesto a amenazas permanentes, enseñar prevención y reacción salva vidas. Ignorar este enfoque es mantener una cultura de improvisación frente a emergencias previsibles.
Ecuador convive con riesgos naturales y sociales de manera constante. Su ubicación geográfica lo expone a terremotos, erupciones volcánicas, inundaciones e incendios. A esto se suma una dinámica urbana marcada por la inseguridad y la ocupación desordenada del territorio. Todos estos factores demandan una población informada y organizada, capaz de actuar con criterio antes, durante y después de un evento adverso.
El terremoto de 2016, que golpeó con mayor fuerza a Manabí, evidenció la escasa preparación ciudadana. Cada temporada invernal repite un mismo patrón de emergencias y respuestas tardías. Pese a esas lecciones, la formación sistemática en riesgos es escasa.
Los expertos coinciden en que la prevención empieza en la infancia. Incorporar la gestión de riesgos de forma transversal crea hábitos, reduce el pánico y fortalece la resiliencia social. Hay que cambiar los patrones.