“...La historia tiene rincones donde el polvo no cubre el olvido, sino que lo fecunda. Uno de esos lugares es Portoviejo, ciudad que no nació en el silencio, sino en el rumor antiguo de los ríos, en el eco de las voces indígenas y en la mirada codiciosa de los conquistadores. No fue levantada sobre piedra nueva, sino sobre suelo que ya respiraba cultura, memoria y resistencia. Pero la historia —la verdadera, la que no siempre está escrita en los libros— había comenzado mucho antes. Mucho antes de la cruz, de la espada y del acta de fundación...”. “...Dicen que todo comenzó un 12 de marzo de 1535, cuando los españoles, guiados por Francisco Pacheco, declararon fundada una ciudad a la que llamaron Villa Nueva de San Gregorio de Portoviejo...”.

“...Fundarla fue, para los españoles, un acto de posesión. Para los pueblos originarios, quizás, una herida. Para la geografía, apenas un susurro más en su larga eternidad. Francisco Pacheco, el conquistador que la estableció, no podía imaginar que esa villa incipiente, entre el calor del trópico y la dulzura de sus valles, sería una ciudad que resistiría siglos de historia, terremotos, olvidos y renacimientos...”.

“...La fundación de Portoviejo no es, por tanto, una página amarilla en un libro de historia. Es un acto que se reescribe todos los días. Porque una ciudad no se funda una vez: se funda cada vez que alguien decide amarla, habitarla, soñar con ella. Portoviejo, la leal y noble, es un corazón que late al ritmo de su gente, entre el ayer que la vio nacer y el mañana que aún la espera...”.

“...El alma de Portoviejo no está en sus edificios, ni siquiera en sus fechas. Está en su gente. En los hombres y mujeres que, a lo largo de casi cinco siglos, han dado forma a una identidad mestiza, profunda y cálida. Portoviejo huele a tradición, a café recién colado, a mercado popular. Es una ciudad donde la historia no se archiva: se vive. En las costumbres, en las palabras, en la música que suena en sus barrios...”.

“...Hoy, Portoviejo es una ciudad en movimiento. Camina entre el recuerdo de sus raíces indígenas y el dinamismo de una sociedad moderna que mira hacia el futuro. Sus mercados, sus fiestas populares, su gente hospitalaria, su gastronomía típica, sus paisajes entre ríos y montañas, todo ello es parte de una identidad que no se dejó definir únicamente por un acta colonial, sino que se ha ido construyendo a través del tiempo con esfuerzo, memoria y orgullo...”.

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