La ruptura del orden mundial basado en normas y consensos es un hecho irreversible. Así lo afirmó, de manera contundente y valiente, el primer ministro canadiense Mark Carney en el Foro Económico Mundial de Davos. Así vemos cómo Donald Trump fija sus inescrupulosos ojos en Groenlandia, mientras Rusia invade impunemente a Ucrania y China dirige sus insaciables garras hacia Taiwán.

En lugar de lamentarse por este bullying geopolítico, Canadá propone construir algo más justo, algo subversivo basado en una verdad incómoda: reconocer el derrumbe del orden mundial y la inferioridad individual de los Estados frente a las grandes potencias. El poder de quienes tienen menos poder comienza con la honestidad, recalca Carney.

Para ilustrar cómo empezar esta rebelión antiimperialista, el primer ministro canadiense se apoya en El poder de los sin poder, el célebre ensayo de Václav Havel, quien planteó una pregunta sencilla: ¿cómo se sostenía el sistema comunista?

Su respuesta comenzaba con un verdulero. Cada mañana, este comerciante colocaba un cartel en su puestito: "¡Proletarios del mundo, uníos!", lema final del Manifiesto Comunista de Karl Marx. No creía en ello, nadie lo hacía, pero lo colocaba para evitar problemas. Y, como él, muchos actuaban de la misma manera. Havel llamó a esto "vivir dentro de la mentira". El poder autoritario del sistema no provenía de su verdad, sino de la disposición colectiva a actuar como si lo fuera, y su fragilidad nacía exactamente de la misma fuente.

En nuestra sociedad es notorio que, al igual que el verdulero del ensayo de Havel, por miedo o conveniencia, hemos colgado vergonzosos carteles con afirmaciones falsas en nuestras propias vidas.

Afirmar, por ejemplo, que existe un plan de seguridad eficiente; que la pobreza ha disminuido; que el sistema penitenciario será un referente regional; que sobran médicos y que la salud no está en emergencia; o que la reducción del riesgo país nos convierte automáticamente en una nación de bajo riesgo. Una pandemia de falacias impúdicas del tamaño del nuevo Ecuador en el que supuestamente vivimos.

Me permito cuestionar esta aletargada mansedumbre colectiva. El cambio exige una ciudadanía activa, consciente de lo que ocurre y decidida a actuar en consecuencia. La disidencia pacífica más elemental comienza con la verdad: admitir la tragedia actual, rechazar la nostalgia de un pasado político que no debe volver y, desde ahí, comprometernos a construir algo nuevo, algo mejor, una tercera vía. Porque incluso cuando una sola persona actúa, cuando el humilde verdulero retira el cartel de su tienda, la ilusión empieza a resquebrajarse. Es hora de derribar esos carteles.

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