El Premio Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado trasciende el mérito personal. Es un reconocimiento colectivo a un pueblo que, pese a la represión, mantiene encendida la llama democrática.
Venezuela lleva más de dos décadas atrapada en un régimen autoritario que ha destruido su economía, corrompido sus instituciones y forzado al exilio a millones de ciudadanos. Este premio simboliza la esperanza de quienes, dentro y fuera del país, se niegan a rendirse ante la dictadura.
El liderazgo de Machado ha sido decisivo para mantener la exigencia de elecciones libres y respeto a los derechos humanos. Su valentía representa la voz silenciada de miles de activistas y periodistas encarcelados o desterrados por denunciar los abusos del poder.
La comunidad internacional, al conceder este reconocimiento, también envía un mensaje claro: la represión no puede normalizarse ni quedar impune. El galardón también recuerda que Venezuela no está sola, que su causa sigue siendo un símbolo de resistencia democrática en el continente.
Es cierto que el Nobel no devolverá de inmediato la democracia, pero fortalece la esperanza. La paz que se premia hoy es la de un pueblo que resiste, no la de un régimen que oprime.