Mientras ciertos medios y las redes sociales nos quieren ahogar en un mar de noticias tristes y sin esperanza, nosotros encontramos aquellas historias que permiten recobrar la fe en la humanidad.
Me ha emocionado profundamente la historia del jaguar (Panthera onca) —mi animal favorito de la Amazonía—, rescatado por la Policía Militar del Estado de Amazonas, en Brasil, en el Río Negro, y que, pese a sus graves heridas, mantiene la esperanza de recuperación y retorno a la vida salvaje.
Este valiente jaguar, que hace honor al mito, sobrevivió a treinta fragmentos de metralla que provocaron graves lesiones en su cabeza, cuello, rostro, dientes y un ojo, superando el conflicto natural-humano, a los cazadores furtivos y a la cruel pérdida de su territorio.
Le conté alguna vez que no pierdo la esperanza de admirar esta especie en estado salvaje —si no es en esta vida, será en la próxima—, porque, además de su hermosura, majestuosidad y misterio, es el testimonio vivo de la mitología ancestral. Es el felino legendario asociado a la cosmovisión andina, el guardián de los secretos de la selva y uno de los mayores símbolos de poder del planeta.
Es un dios que también es conocido como otorongo o amaru y que, en el tiempo de los gobernantes incas, brindaba fuerza y protección al guerrero; sabiduría, destreza y camuflaje. Es el atalaya de los dos mundos de la filosofía ancestral: el Hanan Pacha (mundo de arriba) y el Uku Pacha (mundo de los muertos). Por tanto, es un chamán, un guía espiritual, un intermediario y el espíritu tutor de la selva.
Entonces, ¿cómo es posible que se le agreda de manera indiscriminada? No hay explicación ni justificación alguna. Tal vez la historia de este magnífico ejemplar de Río Negro abra los ojos —y el corazón— a una mayor conciencia espiritual y ambiental, para proteger a los animales que, desde la selva, las montañas y los manglares, acompañan el fugaz paso del hombre en la Tierra y nos recuerdan que no somos dueños de la vida propia, mucho menos de aquellas que nos preceden.
Larga vida al felino que controla el equilibrio ecológico de la selva, al rey de la Amazonía. Que por siempre el hombre pueda sentir el caminar sigiloso de la Panthera onca en la penumbra de la oscuridad y que su espíritu siga guiando desde el pantano y el río.
Que aprendamos a honrar la vida silvestre, a vivir en paz con ella, a desarrollar una espiritualidad integral y honesta, a invocar su energía sabia y sanadora, y a gozar de plenitud. Los animales son manifestaciones de lo divino; conocer sus ritos nos proporcionará lecciones de vida.
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