El 9 de octubre de 1820, Guayaquil despertó con un latido distinto. En sus calles resonó un grito de libertad que trascendió el tiempo y el espacio: un pueblo decidió tomar las riendas de su destino y romper las cadenas del colonialismo.

Aquella gesta heroica no solo marcó la independencia de una ciudad, sino que encendió la antorcha que iluminó el camino hacia la libertad de toda la nación ecuatoriana.

El Ecuador actual enfrenta desafíos distintos de los de 1820, que requieren la misma valentía y determinación. La violencia urbana, la corrupción que debilita la confianza ciudadana y la desigualdad que margina a tantos compatriotas son obstáculos que nos llaman a actuar con responsabilidad y conciencia cívica.

El 9 de octubre no puede ser solo un desfile o una conmemoración; debe ser una invitación a reflexionar sobre nuestra libertad y sobre cómo la ejercemos en la vida cotidiana. Hoy, ese legado nos interpela a ser ciudadanos activos, honestos y solidarios; a denunciar la injusticia, a educarnos con valores y a construir espacios donde la ley y la ética sean pilares de la convivencia.

Ser libres significa asumir la responsabilidad de nuestras decisiones, cuidar de nuestra comunidad y luchar por la equidad. Significa también reconocer que el progreso de una nación depende de cada uno de sus ciudadanos, desde el aula hasta la plaza pública, desde la empresa familiar hasta los espacios de gobierno. La independencia histórica y la libertad contemporánea están unidas por la misma idea: la dignidad de un pueblo se defiende con acción y con conciencia.

Recordar el 9 de octubre es reconocer que la libertad no es un regalo eterno, sino un compromiso diario que exige unidad, justicia y esfuerzo. Es también una oportunidad para inspirar a las nuevas generaciones a ser protagonistas de su historia y no meros espectadores de la vida nacional.

Que este 9 de octubre no sea solo un aniversario más, sino un llamado a la acción. Que nos recuerde que la independencia sigue viva en el corazón de quienes luchan por un Ecuador más justo, más solidario y más unido. Que el grito de libertad que un día sacudió las calles siga latiendo en cada gesto de responsabilidad, en cada decisión ética y en cada esfuerzo por construir un país donde todos podamos vivir con dignidad.

La independencia no termina en la historia: se renueva cada día, en cada ciudadano, en cada acción que defiende la justicia, la educación y la esperanza. La libertad es un compromiso que nos convoca a ser mejores, a soñar juntos y a trabajar sin descanso por un Ecuador que honre su pasado y abrace su futuro. La libertad no se hereda: se honra, se trabaja y se defiende, todos los días.

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