Hace pocos días escuché una frase que, lejos de ser solo una consigna inspiradora, se convirtió en una certeza: "El arte sana a la sociedad". La escuché durante una visita a la Universidad de las Artes de Guayaquil, mientras recorríamos proyectos desarrollados en territorios históricamente olvidados y "peligrosos" como la Isla Trinitaria y Las Malvinas. No fue una frase dicha al azar; fue una afirmación respaldada por la realidad viva de esas comunidades.
En esos espacios, donde la vulnerabilidad social suele imponerse sobre la esperanza, el arte emerge como un lenguaje que reconstruye, que abraza y que devuelve dignidad. Allí, la música, la pintura, el teatro y la expresión corporal no son actividades accesorias, sino herramientas de transformación social. El arte se convierte en refugio, en voz y en posibilidad. Sana heridas invisibles, fortalece identidades y restituye el sentido de pertenencia.
Lo que vimos no fue asistencia pasajera, sino procesos sostenidos de acompañamiento comunitario. Jóvenes que encuentran en el arte una alternativa frente a la violencia; niños que descubren su talento y, con él, su valor; adultos que vuelven a creer que su historia importa. Esa labor es extraordinaria y constituye un ejemplo que todas las universidades deben asumir con responsabilidad y convicción.
Desde mi experiencia en el ámbito académico y científico, no puedo dejar de afirmar que el arte no camina solo. La ciencia también sana a la sociedad. Cuando la investigación, la salud, la educación y la vinculación con la comunidad se articulan con sensibilidad social, el impacto es profundo y duradero. La ciencia previene, cuida, educa y salva vidas; en cambio el arte repara el alma, reconstruye tejidos sociales.
Hoy me permito ampliar aquella frase inicial y decir con certeza que el arte y la ciencia sanan a las sociedades. Ambas, cuando se ponen al servicio de la gente y no se quedan encerradas en aulas o laboratorios, se convierten en actos de justicia social.
Las universidades tienen un rol ineludible en este camino. No basta con formar profesionales competentes; debe formar ciudadanos comprometidos, capaces de mirar al otro con empatía y de poner su conocimiento y su creatividad al servicio del bien común. La experiencia vivida recuerda que la academia, cuando se vincula genuinamente con la comunidad, puede transformar realidades.
Sanar una sociedad no es una tarea rápida ni sencilla, pero es posible cuando el arte despierta conciencias y la ciencia sostiene soluciones. Allí, en ese encuentro, nace la verdadera transformación.
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