El 16 de noviembre de 2025 acudimos a las urnas para responder cuatro preguntas que el presidente Daniel Noboa planteó en una consulta popular y referéndum.
Pedía que la población se pronunciara sobre permitir la presencia de bases militares extranjeras, eliminar el financiamiento estatal a los partidos, reducir el número de asambleístas y convocar una Asamblea Constituyente para redactar una nueva Constitución.
Contrariamente a los pronósticos de victoria del presidente y de sus seguidores, el pueblo le dijo “no”. Esto representa, sin duda, un revés para el gobierno y un mensaje político profundo. Es imperativo que el mandatario analice las causas e implicaciones del resultado y tome nota crítica de esta voluntad popular reflejada en las urnas.
En redes sociales se asegura que el único perdedor del proceso electoral ha sido Ecuador. Pero, desde una perspectiva alejada de las pasiones y del oportunismo político, es necesario afirmar que el verdadero perdedor es el gobierno. El resultado es un voto castigo, producto de la frustración ciudadana por las promesas incumplidas, la respuesta a la protesta indígena, el incremento del precio del diésel, del IVA y el descontento generalizado frente a la inseguridad.
No se sostiene la idea de que Ecuador haya sido el perdedor por decir “no” a la pretensión del régimen de convertir a Galápagos, Manta y Salinas en puntos estratégicos para bases militares extranjeras y, por ende, en potenciales objetivos militares internacionales. Más bien, primó la sensatez de muchos ecuatorianos que, incluso en el pasado, fueron parte del voto duro que impulsó el ascenso presidencial de Noboa. La propuesta tocó fibras sensibles y motivó una reacción clara: un “no” rotundo.
Para ganar el voto, la narrativa oficial se centró en presentar las bases militares como la panacea para resolver el sufrimiento del país, golpeado por el incremento de la violencia y el narcotráfico. Noboa argumentó que necesitaba aliados externos para poner fin a esta pesadilla. Sin embargo, la sensatez de los votantes prevaleció: entendieron que esa no era la vía para solucionar el conflicto.
Desde una óptica analítica, este “no” no es simplemente un freno al presidente. Tampoco es un rechazo al cambio per se, sino al tipo de cambio que se pretende sin consenso. Esta derrota puede y debe ser una oportunidad: no para debilitar al Ejecutivo, sino para reforzarlo bajo una nueva lógica, una lógica de escucha, de humildad, de diálogo y de reformas que construyan, no que impongan.
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