Ecuador se encuentra en un momento particularmente complejo de su historia reciente.

Hay una caída del PIB, escasez de ingresos fiscales (especialmente por el desplome de exportaciones y problemas en el sector petrolero), déficit del Estado y falta de liquidez. Ha experimentado un aumento fuerte en delitos violentos, así como problemas de crimen organizado, narcotráfico, fugas de presos, pugnas internas, etc. Sin dejar de lado las tensiones fiscales, endeudamiento, y necesidad de reformas estructurales.

Con un país que sufre de crisis múltiples (inseguridad, desempleo, inflación), la población está ansiosa de medidas concretas. Situaciones que converjan en un gran diálogo que conduzcan a mejores días, que se invierta en salud, educación, red vial, para que todo fluya y los productos de primera necesidad no sufran un incremento a causa del decreto 126, que mantiene paralizado a la mitad del Estado.

Los presidentes suelen tener un margen de tolerancia al inicio, precisamente porque se espera que tomen tiempo para armar sus equipos, ajustar políticas, montar reformas estructurales. Muchos ciudadanos aún están en ese compás de espera, dispuestos a dar tiempo si perciben que hay voluntad política, si al menos algunas señales son positivas.

En detrimento, y tras un aparataje mediático que trata a todas luces desviar la atención, con un discurso repetitivo y hostigoso, que lejos de solucionar las necesidades del pueblo, se encargan de esconder una realidad que ya raya en el descaro.

La “inexplicable” apatía por parte de ciertos sectores analiza la mezcla de desesperanza, búsqueda de cambio, rechazo de un pasado polarizado, plus de juventud y promesa de acción. Que se traduce en un apoyo ciego casi uniforme, condicional, lleno de expectativa. Lo que parece menos claro, es si esa apatía, va a sostenerse si los resultados tardan en llegar o si las reformas muestran efectos negativos para la población, como acontece actualmente

El gran reto será convertir ese capital político inicial en resultados tangibles, sin transgredir los límites institucionales, sin generar más desigualdad ni desafección, y manteniendo legitimidad en un país donde la gobernabilidad está en tensión permanente. Pero que se acentúa con la arrogancia con la que actúa el poder legislativo y la consecuente actitud del mandatario que se está ahogando al país en deuda externa y debe, sí o sí, cumplir con las exigencias de los prestamistas que no miran más que sus altos intereses y no la destrucción sistemática de un pueblo que ha perdido la esperanza de mejores días.

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