Ecuador finaliza 2025 con una situación económica compleja, tras una contracción del 2,5% del Producto Interno Bruto (PIB) en 2024, como consecuencia de la crisis energética, la inseguridad (guerra interna) y la caída de la inversión extranjera directa y local. Durante todo el año, el gobierno de turno abrigó la esperanza de que el país volviera al terreno del crecimiento económico.

Sin embargo, la narrativa del presidente Noboa, que se proyectaba un tanto ambiciosa al plantear un crecimiento económico del 4% para este año, basado en diagnósticos técnicos de su equipo económico, al parecer no se habría concretado, aunque falta consolidar los datos estadísticos por parte de las entidades gubernamentales competentes. Se sostiene, además, que el anuncio de mejoramiento económico, por una supuesta agenda de inversiones, obras públicas y política pro mercado, formaba parte del juego político.

El Banco Mundial, que tiene una visión técnica global, considera que el crecimiento para 2025 sería de apenas el 2%. En el Fondo Monetario Internacional (FMI), la expectativa sería del 1,7%, tomando en cuenta que este organismo es uno de los principales acreedores del Ecuador y permanentemente realiza revisiones técnicas que incorporan datos recientes de producción y demanda interna. Si las proyecciones de estos organismos se cumplen y se considera la contracción de 2024, se tendría que la economía no habría crecido, sino alcanzado unos rebotes moderados.

En contraste, el Banco Central del Ecuador, alineado al régimen, ha ajustado sus proyecciones varias veces durante el año y vaticina un crecimiento del 3,8% para 2025. Este salto se basa en indicadores trimestrales de crecimiento económico, como el 3,4% alcanzado en el primer trimestre y el 2,4% en el tercero del año, que apuntan a una recuperación y dinamización de la demanda interna, el consumo y los sectores productivos dinámicos.

Desde una mirada analítica seria, puede considerarse que este crecimiento es más aspiracional que real, dado el rezago estructural de la economía ecuatoriana en inversión local y extranjera, productividad y clima de negocios. Al mismo tiempo, el margen entre el 3,8% del BCE, el 4% presidencial, el 2% del Banco Mundial y el 1,7% del Fondo Monetario Internacional dibuja una disparidad que arroja más dudas que certezas sobre el verdadero crecimiento económico ecuatoriano.

Para superar décadas de crecimiento anémico, definitivamente se requiere una política económica coherente, inversión sostenida y reformas estructurales que generen confianza permanente, no solo cifras pasajeras y muchas veces antojadizas de recuperación.

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