Es una frase coloquial, nativa del contexto propio del hijo oriundo o adoptivo de este entrañable y patrimonial pueblo, que encierra hidalguía, nobleza y señorío.
Gallardía en su cualidad y brío en su aptitud, acompañado de capacidad y talento. Expresión repleta de pasión y fervor con sentido de admiración y querencia para este lar bendito.
Allá en los albores de los años setentas, se radicó en Portoviejo el quiteño Miguel ángel Paredes, al que todos lo conocíamos como “El panita”. Este afuereño llegó a sentir un amor inmenso por nuestra ciudad que lo acogió y ayudó positivamente a desplegar sus negocios y ocupaciones laborales. Don Miguel Ángel inscribió en sus carros de cargas y también en la parte superior de su local la leyenda: “Portoviejo, la ciudad más linda del mundo” aparte de constituirse en el hincha número uno de Liga de Portoviejo y con su bombo y platillos acompañaba y alentaba a los verde y blanco a todos los estadios y canchas donde se presentaban.
La capital manabita históricamente ha sufrido grandes catástrofes naturales y accidentales. Incendios devastadores, entre ellos el del año 1925 que arrasó con el centro, oficinas públicas, un colegio y gran parte del comercio local. Las inundaciones, los deslaves y las riadas siempre la azotaron, hasta la actualidad. Los sismos y movimientos telúricos han sido una constante amenaza, aún nuestra memoria recuerda con dolor el nefasto terremoto en el que murieron cientos de personas y destruyó la ciudad. Y de todas estas adversidades con pundonor y amor propio Portoviejo ha salido erguida, enhiesta. “Con alma de acero”, “Portoviejo vencerás” fue el lema que el mundo de Portoviejo escuchó y cual fénix de los escombros resurgió.
Hoy llena de aristocracia, rebosante de gentileza y cubierta de magnanimidad, la capital de los reales tamarindos, la ciudad señora, la villa nunca olvidada, la cuna de mis ensueños, cumple 205 años de su independencia política. Estas dos centenas de abriles la han transformado social y estructuralmente. Casi en el olvido están sus ferias campesinas dominicales, las galladas esquineras y los evocados bailes populares. Los personajes que labraron su engrandecimiento ya no están entre nosotros. Sus añejas viviendas de cañas y enquinche fueron reemplazados por grandes edificios, que le dan la cualidad de una ciudad pujante, progresista y en desarrollo hacia el modernismo, urbe que cobija a sus hijos, propios y putativos que, sin doblez, pero si con altivez y tesón fraguan el engrandecimiento y embellecimiento de la ciudad de los arrabales lindos. Con el orgullo natural de formar parte de esta prosapia y ser hijo de esta acogedora y apacible ciudad. Desde mi lindo Portoviejo, Jaime Enrique.
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