Por años y a través de los gobiernos democráticos, nos han convocado a consulta.
El pueblo soberano ha acudido a las urnas a decir sí o no a las preguntas que el mandatario de turno considera importantes para continuar con su gestión, ya sea para reformar o enmendar algo a través de la Asamblea, o para emitir decretos en base a la consulta.
Lo cierto es que muchas veces se ha consultado sobre situaciones que, con decisión y templanza, nos habrían evitado un gasto por preguntarle al pueblo. En reiteradas ocasiones, se trata de asuntos que se podrían coordinar con la Asamblea, pero, como siempre, la polarización política, el actuar de los asambleístas en base a agendas partidistas, la falta de amor por el país y la poca preparación —diría yo— en materia legal han hecho que los presidentes no tengan otro camino que acudir al mandante: al pueblo que democráticamente los eligió. Lo hacen porque su proyecto no puede cumplirse o porque se encuentran atados de manos ante la constante arremetida de los contrarios, que, ni cortos ni perezosos, se oponen a todo, aun cuando en su tiempo hicieron lo mismo.
Y es que es preferible que nos consulten a que actúen con tiranía y prepotencia. La oportunidad de ser consultados nos indica que aún vivimos en democracia, que es necesario cambiar muchas cosas para poder encaminar al país; que, a pesar de una clase política sin amor ni criterio profesional ni progresista, aún mantenemos el rumbo hacia la libertad y el progreso que tanto deseamos, porque aún los buenos somos más.
Pero este camino tiene espinas. Sigue habiendo descalificados para opinar sin analizar, para acusar sin investigar, para criticar sin tener certezas ni de su propio trabajo; personas que acumulan odios producto de las mentiras y del discurso falso de aquellos que ya se fueron, que están prófugos, que están sentenciados y que viven en la clandestinidad, esperando como aves de rapiña el descuido de su presa para volver a atacar.
Ecuador ha sido bendecido, ha sido puesto en el camino de las oportunidades, porque, a pesar de los altibajos que vivimos, de la inseguridad que aún prevalece y de la corrupción imperante en las instituciones, todavía queda la esperanza de poder hacer los cambios necesarios. El proceso será largo; no se necesitan solo cuatro años.
Por ello, cuando la gente pregunta si fue conveniente quitar el subsidio al diésel, convocar a una consulta o tomar decisiones drásticas que pueden afectar a muchos —y que tienen un costo político para el presidente—, recuerdo esta frase, que espero haya leído nuestro presidente: “Hay riesgos y costos al actuar, pero son mucho menores que los riesgos a largo plazo de una cómoda inacción” (John F. Kennedy).
Ing_irina@hotmail.com