La creación permite al ser humano y a los animales disfrutar de especies comestibles comparables al oro; una de ellas es el azafrán, de gran valor, antigüedad y simbolismo en diferentes culturas.

El “oro rojo”, como también se conoce a esta planta cuya flor posee solo tres hebras, se cultiva desde hace 3.500 años: primero en Mesopotamia y Persia, luego en Egipto, posteriormente en Grecia y, finalmente, en toda Europa. Sus usos son diversos: lujosos, medicinales y gastronómicos. Cleopatra solía bañarse en tinas de agua con esta especie por sus beneficios afrodisíacos y medicinales; los persas lo usaban como perfume, tinte y remedio; y en Grecia y Roma se esparcía en templos como demostración de lujo hacia los dioses. Hoy, su cultivo se asocia a la cocina mediterránea y, en un noventa por ciento, se produce en Irán.

La palabra azafrán proviene del árabe zafarán, que deriva del persa zarparan (hojas doradas) y safra (amarillo). La planta se denomina Crocus sativus, de la familia Iridaceae. Aquí resulta interesante la leyenda que aborda su origen. En la mitología, Croco fue un muchacho convertido en la flor de azafrán, amigo de Hermes, quien fue asesinado por el dios en una competencia de lanzamiento de disco. El golpe en su cabeza lo hirió de muerte, y las gotas de sangre derramadas se transformaron en los estigmas secos del pistilo de la flor. Otra fábula explica que Croco era un joven humano enamorado de la ninfa Smilax y que los dioses, al presenciar un amor imposible, transformaron al humano en una flor cuyas hebras representan el amor no correspondido.

En la antigua Persia, el color escarlata de la planta simboliza la sangre del sol al amanecer, que protege el alma y eleva el espíritu; en la India se considera un regalo divino, símbolo de pureza y sabiduría; y en la Edad Media se creía que el azafrán solo nacía donde había caído un rayo divino, en lugares bendecidos. La flor del amor, cuya dádiva garantiza fidelidad, enriquece la celebración de bodas y compromisos. Se cultiva manualmente y constituye un testimonio milenario de la sabiduría ancestral, hoy respaldada por la ciencia en cuanto al bienestar y la salud, especialmente en el apoyo cognitivo y la mejora del estado de ánimo.

Rezan los refranes: “El azafrán enseña que lo pequeño puede ser inmensamente valioso” y “Donde hay azafrán, hay cuidado, ritual y respeto”, en alusión a la hermosa complejidad de una especia tan pequeña y, a la vez, tan grande en su generosidad y bondad. El azafrán, en tiempos modernos, es un recordatorio de la belleza de lo originario, del respeto por los ciclos de la tierra asociados a lo divino, un atalaya del tiempo y un lujo ético que honra las manos que lo cultivan.