Hoy se cumplen 114 años de uno de los capítulos más impactantes de la historia de Ecuador. El 28 de enero de 1912, en Quito, las vidas del manabita general Eloy Alfaro Delgado, su hermano Medardo, su sobrino Flavio y los radicales Ulpiano Páez, Manuel Serrano y Luciano Corral fueron segadas por una turba. Este hecho hecho es recordado como la Hoguera Bárbara.

Para comprender lo acontecido es necesario remontarse a los acontecimientos de 1911, ampliamente documentados por el historiador Alfredo Pareja Diezcanseco. El 11 de agosto de ese año, los antialfaristas ejecutaron un golpe de Estado que obligó al entonces presidente de la República a refugiarse en Chile y, posteriormente, a exiliarse en Panamá. Con Alfaro fuera del poder, el Congreso eligió a Carlos Freile Zaldumbide como encargado del Gobierno, decisión que fue rechazada por los alfaristas de Esmeraldas, quienes proclamaron a Flavio Alfaro como Jefe Supremo. Paralelamente, el general Pedro J. Montero, fiel seguidor de Alfaro y jefe militar de Guayaquil, se declaró Jefe Supremo del Guayas.

Eloy Alfaro regresó desde Panamá con la intención de mediar entre sus seguidores y el Gobierno, buscando evitar un mayor derramamiento de sangre. Sin embargo, tras perder un combate y rendirse, fue apresado y trasladado a Guayaquil. En esa ciudad, Pedro J. Montero fue juzgado por traición y condenado a dieciséis años de prisión. No obstante, un soldado le disparó en la frente y arrojó su cuerpo a la calle desde una ventana. La multitud arrastró su cadáver por las calles de Guayaquil y lo quemó en una plaza pública.

Mientras tanto, Eloy Alfaro, su hermano Medardo, su sobrino Flavio y los radicales Páez, Serrano y Corral fueron trasladados al penal García Moreno, en Quito. Allí, una turba ingresó a la cárcel y los asesinó a la vista de las autoridades militares. Sus cuerpos fueron arrastrados por las calles de la capital e incinerados en el parque El Ejido.

Aunque la muerte de Alfaro ocurrió de manera vergonzosa, como han señalado diversos historiadores, es necesario recordar estos hechos para que no se repitan. Un gobernante que hizo tanto bien al país no merecía semejante afrenta a su legado. Por esa razón, los manabitas y los ecuatorianos en general tenemos el deber de exaltar su memoria y recordar los grandes logros de su gestión, como la inclusión de la mujer en la educación y la construcción del ferrocarril que unió al país.

La historiadora María Isabel Silva destaca que el legado de Alfaro y el tren, como símbolo de unidad nacional, permanecen vivos en la memoria colectiva, inspirando y fortaleciendo la conciencia de patria de las nuevas generaciones. Este es un homenaje a la memoria del que muchos consideran el mejor ecuatoriano de todos los tiempos.

jorgealban914@gmail.com