Cuando un hogar enfrenta dos deudas de alto monto con un solo ingreso, la decisión sobre cuál pagar primero suele tomarse bajo presión. Familias y trabajadores en economías urbanas y rurales, durante periodos de ajuste financiero, cometen errores recurrentes al priorizar pagos sin un análisis integral, lo que puede agravar su situación económica y limitar su capacidad de recuperación.

Decisiones urgentes sin diagnóstico financiero

Uno de los errores más comunes es decidir en función de la urgencia percibida y no del impacto real en el presupuesto. En escenarios de ingresos limitados, las familias tienden a pagar la deuda con la cuota más alta o con mayor insistencia de cobro, sin evaluar tasas de interés, plazos y penalidades por mora. Esta práctica puede aumentar el costo total de la deuda y prolongar el sobreendeudamiento, explica el economista Ricardo Menéndez. 

Otro fallo frecuente es no diferenciar entre deudas con garantía y sin garantía. "Las obligaciones respaldadas por activos —como vivienda o vehículo— suelen implicar riesgos patrimoniales directos ante atrasos prolongados", manifiesta. Priorizar una deuda de consumo sin garantía por encima de una hipotecaria o prendaria puede exponer al hogar a procesos de ejecución o pérdida de bienes esenciales.

El peso del interés y las penalidades

Ignorar la tasa de interés efectiva es un factor que incide negativamente en la priorización, agrega Menéndez. Deudas con intereses elevados, como tarjetas de crédito o préstamos de corto plazo, incrementan su saldo rápidamente cuando se pagan solo mínimos o se postergan. En contraste, obligaciones con tasas fijas y plazos largos pueden tolerar reordenamientos temporales sin disparar el costo financiero inmediato.

Asimismo, muchas decisiones se toman sin considerar penalidades por mora, comisiones y cargos adicionales. "Retrasos en pagos pueden activar intereses moratorios, gastos de cobranza y reportes negativos en el historial crediticio", indica. Estos efectos secundarios impactan la capacidad futura de acceso a financiamiento y encarecen cualquier reestructuración posterior.

Priorizar por presión y no por impacto

La presión de acreedores influye de manera decisiva. Llamadas constantes, mensajes o notificaciones legales empujan a priorizar pagos para reducir el estrés, aun cuando no sea la opción más eficiente. Este enfoque reactivo desplaza el análisis del impacto mensual en el flujo de caja, clave cuando existe un solo ingreso.

Otro error es mantener pagos mínimos en ambas deudas sin un plan definido. Esta estrategia dispersa recursos, reduce la capacidad de amortización y alarga los plazos, agrega el economista.

Falta de planificación y alternativas

La ausencia de un presupuesto detallado limita la toma de decisiones informadas. Sin un registro claro de ingresos, gastos fijos y variables, resulta difícil estimar cuánto se puede destinar de forma sostenida al pago de deudas. Esta carencia incrementa el riesgo de incumplimientos y ajustes improvisados.

Finalmente, se observa una subutilización de opciones formales como renegociaciones, refinanciamientos o períodos de gracia. Muchas instituciones financieras ofrecen alternativas ante dificultades comprobadas de pago. No explorar estas vías puede cerrar oportunidades para reducir cuotas, extender plazos o unificar obligaciones, especialmente relevantes cuando el ingreso es único.