Henri Charrière nació en 1906 y se convirtió en uno de los fugitivos más célebres del siglo XX. Lo apodaron Papillon por la mariposa tatuada en el pecho, un símbolo que acabó siendo su marca en la literatura, el cine y la mitología popular. Antes de brillar en la pantalla grande, Charrière fue un joven marinero que escapó temprano de la disciplina militar para perderse en las noches de París.

Aquella vida bohemia terminó abruptamente en 1932, cuando lo acusaron del asesinato de Roland Legrand, un proxeneta parisino. Charrière insistió siempre en su inocencia, pero la justicia francesa no lo escuchó: fue condenado a trabajos forzados en las colonias penales de ultramar.

Papillon es condenado por un crimen

A partir de 1933 comenzó un peregrinaje carcelario que se prolongaría doce años. Pasó por prisiones brutales, marcadas por el calor, las enfermedades y la violencia sistemática. En cada una de ellas, Papillon cultivó una obsesión: escapar. La fuga no era un gesto desesperado, sino un acto de supervivencia y orgullo.

Intentó romper sus cadenas una y otra vez, improvisando planes temerarios, soportando castigos severos y acumulando cicatrices físicas y morales. Su intento más célebre fue el de 1941, cuando aseguró haber escapado de la temida Isla del Diablo, un lugar que la imaginación colectiva convirtió en sinónimo de infierno tropical. Sin embargo, la libertad le duró poco: fue capturado y enviado a la prisión venezolana de El Dorado, donde cumplió sus últimos años de condena.

Liberado y regresa a su país

En 1945, cuando lo liberaron, Charrière tomó una decisión que cambiaría su destino: quedarse en Venezuela, un país sin acuerdo de extradición con Francia. Allí rehízo su vida, se casó, trabajó y se desvaneció poco a poco la sombra de su pasado. En 1967, tras la prescripción de su causa, pudo regresar brevemente a Francia para reencontrarse con su familia. La prensa lo recibió como a un héroe trágico, un símbolo de resistencia.

Tres años más tarde fue indultado por el presidente Georges Pompidou. Para entonces ya había publicado Papillon, el libro que lo lanzó a la fama mundial, y su secuela, Banco. La industria cinematográfica no tardó en apropiarse de su relato: en 1973 se estrenó la primera adaptación, con Steve McQueen y Dustin Hoffman, que consolidó la figura mítica del fugitivo imparable.

La otra historia no contada

Pero la leyenda empezó a resquebrajarse décadas después. En 2005, un anciano de 104 años llamado Charles Brunier afirmó ser él el verdadero “Papillon”, mostrando incluso un tatuaje de mariposa en el brazo. Las investigaciones posteriores no hicieron sino encender la polémica: los archivos de la Isla del Diablo no registraban a Charrière, y el periodista Gérard de Villiers sostuvo que solo un 10% del libro era verídico.

Muchos episodios relatados en Papillon parecían pertenecer a otros presos, ensamblados por Charrière para construir una narración épica más que una autobiografía fiel.

Aun así, la historia no perdió su atractivo. Al contrario, la mezcla de verdad, exageración y mito reforzó el magnetismo de Papillon. Más que un documento histórico, su obra se leyó como un ejercicio de supervivencia literaria, un testimonio moldeado por la memoria, el dolor y la necesidad de contar.

Henri Charrière murió en Madrid en 1973, víctima de un cáncer de garganta, dejando atrás un legado que continúa fascinando a lectores, cineastas y estudiosos. Su vida, envuelta en dudas, sigue siendo un territorio abierto donde la realidad y la ficción baten sus alas como aquella mariposa tatuada para siempre en su pecho.