Desde hace años, la explicación oficial del gobierno de Estados Unidos sobre la crisis de las drogas tiene un villano claro: los cárteles mexicanos. Según esa narrativa, las organizaciones criminales al sur de la frontera serían responsables de inundar las ciudades estadounidenses con narcóticos, desde el punto de entrada hasta el consumidor final.

Sin embargo,  el periodista Jesús Esquivel plantea una tesis incómoda: en Estados Unidos existen cárteles propios, tan organizados como sofisticados, que ya no son simples intermediarios, sino pares y socios de los narcotraficantes mexicanos.

Los carteles de Estados Unidos y  el fentanilo

Esa es la columna vertebral de "Los cárteles gringos. La crisis del fentanilo en Estados Unidos y el fracaso de la DEA para combatirla (Grijalbo), un libro que busca, ante todo, que el público comprenda que el negocio del narcotráfico no es un fenómeno importado, sino una industria criminal con raíces profundas dentro del propio territorio estadounidense.

Esquivel explica que la DEA publica año con año mapas en los que supuestamente ciudades de los 50 estados están "invadidas" por representantes de cárteles mexicanos. Para el autor, esos mapas no solo simplifican el problema, sino que deliberadamente ocultan una verdad más compleja: la logística, el transporte, la distribución, la fijación de precios y el lavado de dinero están en manos de organizaciones criminales estadounidenses, integradas principalmente por pandillas y clubes de motociclistas.

"El objetivo del libro es que la gente entienda que en Estados Unidos también hay organizaciones criminales que se dedican al trasiego de drogas y que utilizan la violencia de una manera sofisticada", explica Esquivel. No se trata, aclara, de un espejo exacto de los cárteles mexicanos, sino de estructuras distintas, adaptadas a las condiciones políticas, sociales y judiciales de ese país.

La resistencia a reconocer los cárteles

La resistencia del gobierno estadounidense a reconocer públicamente la existencia de cárteles propios no es nueva. Ya en 2019, Polo Ruiz, agente especial de la DEA en Arizona, admitía que en Estados Unidos operaban "cárteles del narcotráfico".

Aun así, la narrativa oficial no cambió. Para Esquivel, la razón es política: resulta más cómodo victimizarse y responsabilizar a otros países —especialmente a México— para presionar en temas comerciales, migratorios o de seguridad.

"El hecho de que no lo digan públicamente no quiere decir que tras bambalinas no lo admitan", subraya en un entrevista al medio El Economista. De acuerdo con testimonios de exfuncionarios como John Calery y Jack Riley, altos mandos de la DEA que combatieron a los llamados cárteles domésticos, los famosos mapas son una falacia útil para el consumo interno y la presión diplomática.

Uno de los elementos clave para entender por qué estas organizaciones estadounidenses pueden ser consideradas cárteles es la violencia. Esquivel habla de una "mexicanización" del proceder criminal: disputas armadas, asesinatos y enfrentamientos entre pandillas y clubes de motociclistas, motivados por el control de un mercado gigantesco, especialmente el de las drogas sintéticas elaboradas con fentanilo.

Sin embargo, existen diferencias sustanciales. Los cárteles gringos no controlan grandes extensiones territoriales, sino cuadras, calles o zonas específicas de ciudades y pueblos en todo el país. Además, su estructura es más descentralizada.

No hay un capo único: cada célula funciona con relativa autonomía, lo que dificulta su desmantelamiento. "Si supieran quiénes son los jefes, ya les hubieran dado en la torre", afirma Esquivel.

También hay un cálculo preciso en el uso de la violencia. A diferencia de los cárteles mexicanos, las organizaciones estadounidenses evitan prácticas extremas como decapitaciones o cuerpos disueltos en ácido. Saben que replicar ese nivel de brutalidad les costaría la supervivencia de su negocio dentro de Estados Unidos.

La relación de las organizaciones criminales

En este engranaje, la relación con los cárteles mexicanos es clara y pragmática: proveedor y comprador. Los grupos criminales de México redujeron riesgos ante la creciente militarización del combate al narcotráfico y optaron por vender grandes cantidades de droga en la frontera. A partir de ahí, los cárteles gringos se encargan del resto. "Es capitalismo puro. Negocio", resume Esquivel.

El fentanilo marcó un antes y un después. Más barato, más fácil de transportar y altamente rentable, se convirtió en el combustible perfecto de esta industria criminal. Pero la raíz del problema, recuerda el autor, también está en la industria farmacéutica estadounidense, que durante años promovió el consumo masivo de opioides legales.

Finalmente, Esquivel explica por qué el presidente Donald Trump, pese a su retórica incendiaria, no se atreverá a llamar "cárteles" a estas organizaciones domésticas. Hacerlo implicaría designar como terroristas a ciudadanos estadounidenses, incluidos fabricantes de armas, farmacéuticas y bancos que lavan dinero. Una verdad demasiado costosa para ser dicha en voz alta.