En Irán, el cuerpo de una mujer no le pertenece. Es propiedad del Estado, de la religión y del miedo. Desde hace 45 años, tras el triunfo de la Revolución Islámica de 1979, la sharía rige como ley suprema y transforma la vida cotidiana en un sistema de castigo permanente. Caminar, vestir, amar o hablar se vuelve un riesgo. Mostrar el cabello puede costar azotes; cuestionar la norma, la cárcel; resistir, la vida.
La sharía —presentada como "el camino recto"— no actúa como una guía espiritual, sino como un instrumento de control político. Derivada y manipulada a partir del Corán y de la tradición del profeta Mahoma, se impone desde el Estado para regular cada aspecto de la existencia. En 1980, la obligación del uso del velo en edificios y espacios oficiales marca el inicio de una ofensiva legal que coloca a mujeres y niñas bajo vigilancia constante.
La protesta de las mujeres en Irán
La imposición no ocurre en silencio. En marzo de 1979, miles de mujeres protestan en Teherán contra el hiyab obligatorio. Marchan antes y después del 8 de marzo. Gritan que la revolución no puede significar obediencia forzada. Feministas iraníes y activistas internacionales, como Alice Schwarzer o Kate Millett, acompañan las movilizaciones. No sirve. El régimen avanza, reprime, expulsa. Millett termina fuera del país. Otras mujeres pierden algo más que el derecho a protestar.
Antes de la revolución, Irán no es un paraíso, pero sí un país en transformación. Las mujeres votan desde 1963, acceden a la universidad, se divorcian, ejercen como juezas. En las calles conviven mujeres con velo y jóvenes en minifalda. Hay discotecas, espacios culturales y libertad para socializar. Esa imagen desaparece con la caída del sha Mohammad Reza Pahleví y la llegada del ayatolá Jomeini.
Con la sharía como ley, los derechos retroceden décadas en cuestión de meses. Las mujeres son expulsadas de la judicatura, pierden el derecho al divorcio en igualdad de condiciones y ven reducida la edad legal para contraer matrimonio. El matrimonio infantil vuelve a ser legal. La maternidad se impone como destino. La desobediencia se castiga.
Una jueza es obligada a abandonar el cargo
Shirin Ebadi lo vive en carne propia. Primera jueza iraní, es obligada a abandonar su cargo tras la revolución. Años después, como activista y Premio Nobel de la Paz, denuncia que la sharía no representa al islam, sino a una cultura patriarcal que legitima la violencia. "La vida de dos mujeres vale lo mismo que la de un hombre", advierte. La ley lo confirma. El sistema lo ejecuta.
La llamada policía de la moral se encarga de vigilar calles, escuelas y transportes públicos. Multa, detiene, golpea. No educa: castiga. El mensaje es claro: el cuerpo femenino debe ser disciplinado. El miedo se convierte en una herramienta de gobierno. Como retrata Marjane Satrapi en el libro Persépolis, el terror cotidiano anestesia conciencias y normaliza la humillación, señala en un artículo de Almudena Orellana.
Durante décadas, el régimen parece inquebrantable. Pero la memoria no se borra. En septiembre de 2022, la muerte de Mahsa Amini, detenida por no llevar "correctamente" el velo, expone ante el mundo la brutalidad del sistema. El grito "Mujer, Vida, Libertad" rompe el silencio y prende fuego a las calles. Jóvenes —sobre todo mujeres— desafían abiertamente al poder.
La respuesta del Estado es feroz: arrestos masivos, torturas, condenas a muerte. Activistas, periodistas, estudiantes, artistas. Nadie está a salvo. Incluso hombres que apoyan la protesta, como el cantante Mehdi Yarrahi, son azotados públicamente por cuestionar la obligación del velo. Organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch denuncian un patrón letal: uso ilegal de la fuerza, ejecuciones y desapariciones.
Las manifestaciones y los muertos
Estamos 2026 y desde hace semanas hay protestas en Irán. Miles de manifestantes mueren. Decenas de miles son detenidos. El régimen de los ayatolás atraviesa uno de sus momentos más críticos, pero no cede. Bajo el liderazgo de Ali Khamenei, la sharía sigue regulando el matrimonio, el divorcio, la custodia de los hijos, la herencia y el valor legal del testimonio femenino.
Cuarenta y cinco años después, las mujeres iraníes continúan viviendo bajo amenaza permanente. No son dueñas de su cuerpo, de su voz ni de su destino. Pero siguen resistiendo. Quitarse el velo, salir a la calle, gritar un nombre prohibido: en Irán, cada gesto de libertad es un acto de rebelión.