Las cifras son tan descomunales en Estados Unidos. Desde 1999, más de 1.2 millones de personas han muerto por sobredosis. Más de la mitad de la población mayor de 12 años ha consumido drogas al menos una vez en su vida.
En 2024, el presupuesto federal destinado a combatir este flagelo alcanzó los 44.500 millones de dólares, una suma que supera el gasto público total de varios países latinoamericanos. Sin embargo, la crisis sigue ahí, mutando, adaptándose, encontrando nuevas formas de existir.
Las imágenes que circulan en redes sociales —personas encorvadas en las veredas, cuerpos inmóviles, barrios enteros convertidos en escenarios de abandono— son apenas la superficie de un problema estructural. La crisis de las drogas en Estados Unidos no se reduce al fentanilo ni a escenas urbanas de consumo extremo: es un fenómeno social, sanitario y económico de dimensiones históricas.
Los casos de sobredosis en Estados Unidos
Aunque las autoridades han reportado un descenso del 24 % en las muertes por sobredosis, el problema está lejos de resolverse. "El consumo de fentanilo y las muertes asociadas siguen siendo un grave problema de salud pública", explica el psicólogo colombiano Miguel Bettin, especialista en adicciones a DW Español que es un canal de televisión de origen alemán.
La reducción estadística convive con una realidad más inquietante: el suministro ilegal no desaparece, se transforma. Durante décadas, la respuesta dominante fue punitiva. Hoy, el enfoque empieza a cambiar. Estados Unidos ha ampliado el acceso a tratamientos médicos para personas con trastornos por consumo de opioides y ha reducido la criminalización del consumidor.
"Ya no se adopta un enfoque punitivo contra las personas con adicciones", señala Jonathan Caulkins, investigador de políticas de drogas de la Universidad Carnegie Mellon. El sistema judicial, al menos en los casos no violentos, busca derivar a los consumidores hacia el tratamiento.
La medetomidina, una droga más potente
Pero el narcotráfico se adapta más rápido que las políticas públicas. Cuando una sustancia se vuelve visible, regulada o controlada, otra ocupa su lugar. Así ocurrió con la heroína, luego con el fentanilo, después con la xilazina —el llamado "tranq"— y ahora con una nueva amenaza: la medetomidina.
El fentanilo ya había marcado un punto de quiebre. Hasta 50 veces más adictivo que la heroína, inundó barrios enteros gracias a su bajo costo y alta disponibilidad. Sus precursores químicos, llegados principalmente desde China y transformados en México, alimentaron una cadena criminal difícil de contener.
La adicción, como recuerdan los especialistas, no depende solo de la droga: intervienen factores genéticos, experiencias traumáticas, pobreza, exclusión y un "espíritu de época" que favorece consumos desmedidos.
Ahora, a ese escenario se suma una sustancia aún más compleja. La medetomidina es un agonista alfa adrenérgico de uso veterinario, empleado como sedante y analgésico en grandes animales. En el mercado ilegal se la conoce como "Rhino-tranq", el tranquilizante de rinocerontes. Su irrupción marca un salto cualitativo en la crisis: es varias veces más potente que la xilazina y plantea enormes desafíos para los sistemas de emergencia.
Combinada con opioides como el fentanilo, la medetomidina produce cuadros de sedación extrema difíciles de revertir. A diferencia de los opioides, no responde a la naloxona, el medicamento clave para revertir sobredosis. Esto no significa que no haya posibilidad de rescate, pero sí que los protocolos tradicionales resultan insuficientes. Las personas pueden quedar en estados prolongados de inconsciencia, con riesgos severos para su salud.
El duro momento de la abstinencia
El mayor peligro aparece en la abstinencia. La medetomidina provoca un síndrome caracterizado por hiperexcitación autonómica: hipertensión, temblores, taquicardias y arritmias que suelen requerir internación en unidades de terapia intensiva. No se trata solo de una nueva droga, sino de una nueva fase del problema, más resistente y costosa de tratar.
Detrás de cada sustancia hay una lógica criminal clara: maximizar ganancias y dependencia. El suministro ilegal no es estable; muta según las políticas, los controles y la demanda. Por eso, advierten los expertos, la lucha contra las drogas no puede limitarse a la interdicción o a la persecución policial. Requiere abordar las condiciones sociales que hacen del consumo una salida, y coordinar políticas internacionales que persigan también los flujos de dinero.
Estados Unidos enfrenta así una paradoja brutal: invierte cifras récord, ajusta sus políticas y amplía tratamientos, mientras la droga se reinventa. La medetomidina no es el final del camino, sino una señal de alerta más.