El 28 de noviembre salió a la luz un documental que, por primera vez, colocó una voz directa en medio de uno de los relatos criminales más mediáticos del siglo XXI. “Casada con El Chapo: Emma Coronel habla” no solo abrió la puerta a la intimidad del narcotraficante más famoso del planeta, sino también al rompecabezas emocional, familiar y moral que acompañó durante años a Emma Coronel Aispuro.
La exreina de belleza, ahora convertida en un personaje que oscila entre víctima , cómplice y testigo privilegiada de un imperio criminal, reconstruye su historia con una mezcla extraña de inocencia, dolor y resignación.
Nacida en California pero criada en la sierra de Durango en México, Coronel describe una infancia marcada por la precariedad. “No había agua potable ni electricidad”, recuerda en el documental. Tampoco televisión. Esa ausencia, asegura, explica el detalle que muchos ponen en duda: que a sus 17 años no sabía quién era Joaquín “El Chapo” Guzmán. “¿Cómo lo iba a conocer si nunca lo vi en la tele?”, dice casi con molestia , como si quisiera despejar de una vez el mito de que buscó al capo por fama o conveniencia.
La joven vivía rodeada de un paisaje donde la siembra de marihuana era parte de la economía familiar y donde, según narra, la pobreza enseñaba a desconfiar de las autoridades desde temprano. Creció sintiendo que el gobierno era un enemigo distante y que sobrevivir exigía esfuerzos que nadie juzgaba. En ese contexto, su salto al mundo público vino a través de los certámenes de belleza locales. Y fue en uno de ellos, en 2006, durante la Feria del Café y la Guayaba, donde la vida de Emma dio un giro definitivo.
Aquel día, mientras buscaba votos para coronarse reina, un hombre se le acercó para decirle que una “persona importante” quería bailar con ella. El desconocido se presentó con un nombre breve, casi tímido: “Mi nombre es Joaquín”. Ella no lo reconoció. Él tenía 49 años y estaba prófugo desde su fuga del penal de Puente Grande . Pero aquel primer acercamiento -casi doméstico, casi casual- fue el inicio de una relación que, según narra, se dio “poco a poco”, primero en visitas amistosas y luego con un interés romántico que la joven no tardó en corresponder.
“Era hogareño, tranquilo. Muy guapo, interesante, energético”, recuerda. Habla de él como quien habla de un amor de juventud, no de un criminal que figuraba en las listas de los hombres más peligrosos del mundo. Admitió que, por la diferencia de edad, él llevaba el control de la relación. Sin embargo, insiste en que se enamoró genuinamente : “Para él, yo era la mujer más hermosa del mundo... y con el tiempo yo también me enamoré”.
Cuando cumplió 18 años, en 2007, celebraron una boda simbólica en su rancho. No hubo papeles, solo música, pastel y su familia. Desde ese momento, Emma quedó atrapada en una vida sentimental marcada por la clandestinidad : helicópteros, avionetas, salidas por puertas traseras, teléfonos apagados para evitar seguimientos.
Cada encuentro requería un operativo improvisado que la obligaba a desplazarse como si fuera parte de una película. “Para mí, esa era una vida normal”, afirma , aunque esa normalidad implicaba no hablar de negocios, no hacer preguntas y no conocer jamás el verdadero alcance del imperio de Guzmán Loera.
Lo que sí conoció fue al hombre puertas adentro . Compañero de cocina, aficionado a las telenovelas, cantante espontáneo. “Tengo buenos recuerdos, no puedo decir que era un hombre malo”, relata, intentando separar al esposo del capo. Un equilibrio delicado que repite constantemente: no quiere defenderlo, pero tampoco puede condenarlo.
Con el tiempo, las sombras comenzaron a filtrarse. Los rumores de infidelidades fueron una constante que Guzmán negaba con frases que ella recuerda como un estribillo : “La gente no quiere vernos bien”. Emma nunca vio pruebas hasta el juicio en Nueva York. Fue allí donde la exdiputada Lucero Guadalupe Sánchez López, conocida desde entonces como “La Chapodiputada”, no solo declaró como colaboradora del gobierno estadounidense, sino que exhibió públicamente la relación extramarital que mantuvo con el capo.
Coronel describe ese episodio como una confirmación dolorosa: “Duele saber que no fui la única. ¿A quién no le dolería?”. El juicio dejó otras marcas. Cuando Sánchez López testificó, la prensa registró que Coronel y Guzmán acudieron a una audiencia vestidos con chaquetas idénticas, color vino. Para muchos era un mensaje. Para Emma, solo una coincidencia que le provocaba risa ante la necesidad de la prensa de “hallar significado en todo” .
Pero el dolor mayor llegó con las capturas. La más traumática para ella fue la de 2014, en Mazatlán. Con sus hijas en la habitación de al lado, sintió que la muerte rondaba. Luego vendría la extradición a Estados Unidos en 2017, un golpe que describe con frialdad: “Sabía que era uno de sus miedos... ese día se hizo realidad”.
Años más tarde, en 2021, sería Emma quien caería. Detenida en Virginia, acusada de lavado de dinero y cooperación con el cártel, pasó 36 meses en prisión. Su relato del encierro es breve pero contundente : lo peor fue la separación de sus hijas. “Tenía demasiado tiempo para pensar estaba cayendo en una depresión”. Recuperó la libertad en 2023, aunque el precio fue alto: 1.5 millones de dólares en restitución y cuatro años de libertad supervisada.
Ahora, desde California , intenta reconstruir su vida y levantar una marca personal lejos del estruendo mediático, mientras Joaquín Guzmán cumple cadena perpetua en la prisión ADX Florence, una de las más seguras y restrictivas del mundo.
En el documental, Coronel deja entrever arrepentimiento, aunque no siempre de forma directa. Se pregunta cómo habría sido su vida si se hubiese casado con otro hombre. Asegura que su unión con Guzmán llevó a la cárcel a su padre y hermanos. Y ofrece disculpas a las víctimas: “Me solidarizo con quienes perdieron a un ser querido... de verdad lo siento”.
El documental emitido en el canal Oxygen de NBC Universal busca desentrañar si sus palabras son un acto de real perdón o una estrategia para reinsertarse en la vida pública. Emma Coronel, por su parte, parece debatirse entre lo que vivió, lo que quiso creer y lo que hoy reconoce con una mezcla de nostalgia y vergüenza. Su testimonio revela el precio humano de enamorarse del hombre equivocado o, quizá, de no haber tenido nunca la posibilidad real de elegir.
Así, entre silencios, confesiones y memorias incómodas, Emma dibuja la crónica íntima de un amor prohibido que la llevó de las montañas de Durango a los tribunales de Nueva York. Y aunque ahora camina en libertad, su historia -entre sombras, culpas y lealtades rotas- parece destinada a seguir siendo parte inseparable de la leyenda de El Chapo. (10).