El 30 de marzo de 1867, mientras el mundo seguía girando ajeno a un despacho diplomático, Alaska dejó de ser rusa para convertirse en territorio estadounidense.

No hubo cañones ni batallas, solo firmas y un cheque de 7.2 millones de dólares. Una cifra que hoy parece una broma de mal gusto si se la compara con la riqueza en oro, petróleo y valor estratégico que ese territorio —casi cinco veces más grande que Alemania— entregaría después. Pero en aquel momento, la operación no entusiasmó a nadie.

El contrato comenzaba con una frase solemne: "Su Majestad, el zar de Rusia, se declara dispuesto a dejar a Estados Unidos todas las áreas del continente americano y las islas adyacentes...". A pesar del tono imperial, la venta fue recibida con desconfianza. En Rusia se la consideró una humillación; en Estados Unidos, una locura; y en Alaska, una imposición ajena y dolorosa.

Las opciones en Alaska para los no indígenas

A los habitantes no indígenas se les dio una opción: regresar a Rusia en un plazo de tres años o aceptar la ciudadanía estadounidense. Pero esa posibilidad no se extendió a los pueblos originarios. Aleutianos, tlingit e inuit fueron clasificados en el contrato como miembros de "tribus no civilizadas", una etiqueta que los dejaba fuera de derechos y decisiones.

Más de un siglo después, ese desprecio sigue siendo una herida abierta en la memoria colectiva indígena.

Detrás del acuerdo estuvo William Seward, secretario de Estado de Estados Unidos, un hombre que muchos de sus contemporáneos consideraron excéntrico. "Seward fue un increíble visionario", diría después la historiadora Orienne First Denslow.

Aunque nunca pisó Alaska, comprendió su valor futuro: recursos naturales, posición estratégica y expansión territorial. En su tiempo, sin embargo, la compra fue ridiculizada como "la locura de Seward".

La razón de la venta

Rusia, por su parte, no vendió Alaska por capricho. Un siglo antes, comerciantes siberianos habían llegado a esas tierras en busca de pieles de nutria marina y foca, un negocio lucrativo en Europa.

En ocasiones colaboraban con los pueblos indígenas, expertos cazadores y conocedores del territorio; en otras, se enfrentaban a ellos. Se creó incluso una poderosa Compañía Ruso-Americana para administrar la explotación. Al principio funcionó, pero el modelo se agotó: los animales escasearon, las ganancias cayeron y el territorio dejó de ser rentable.

"Ya no merecía la pena invertir recursos y esfuerzos", explica la historiadora Gertrud Pickhan. Rusia, debilitada tras perder la guerra de Crimea contra el Imperio otomano, Francia y Gran Bretaña, necesitaba divisas urgentes para modernizarse, especialmente para construir ferrocarriles. Además, mantener y defender un territorio tan lejano se había vuelto una carga peligrosa.

El temor no era infundado. Los rusos sabían que no podrían defender Alaska si Gran Bretaña o Estados Unidos decidían tomarla por la fuerza. Y el expansionismo estadounidense estaba en plena marcha. En la década de 1850, Estados Unidos había anexado Texas, adquirido California y derrotado a México. La idea del "destino manifiesto" —la creencia de que el país estaba llamado a dominar Norteamérica— flotaba en el ambiente.

Para los pueblos indígenas, sin embargo, el cambio de bandera no trajo progreso. Muchos recuerdan con menos resentimiento la etapa rusa. "Los rusos nos ayudaron con nuestras lenguas", señalan sus representantes. Existían imprentas, escuelas y libros en ruso y en idiomas indígenas. Con la llegada de las autoridades estadounidenses, el inglés fue impuesto como lengua única y comenzó un proceso de marginación cultural que aún deja cicatrices.

La versión de Estados Unidos

El relato estadounidense es otro: el de los aventureros que domaron un territorio salvaje, buscaron oro a finales del siglo XIX y extrajeron petróleo en los años setenta. Hoy, Alaska es una pieza clave en el tablero geopolítico, especialmente frente a Rusia. Paradójicamente, algunos nacionalistas rusos aún sueñan con revertir aquella venta que en 1867 parecía sensata y hoy se percibe como un error histórico.

Alaska fue descubierta por exploradores rusos en el siglo XVIII, tras cruzar el estrecho que hoy lleva el nombre de Vitus Bering, enviado por el zar Pedro el Grande. Pero mantener aquella "América rusa" se volvió imposible entre guerras, comercio en declive y ambiciones imperiales en otros continentes.

Así, sin celebraciones ni consenso, Alaska cambió de dueño. Una transacción silenciosa que nadie quiso del todo, pero que terminó redefiniendo el mapa, la riqueza y la memoria de un territorio donde la historia aún se siente como una tierra que nunca fue realmente vendida, sino perdida.