Era previsible que a Donald Trump no le agradara el discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney. La animadversión entre ambos no es nueva y, en cierto modo, se retroalimenta.

Carney llegó al poder impulsado por un enemigo externo: las amenazas de Trump de convertir a Canadá en el estado número 51 de Estados Unidos. Cuando el entonces candidato canadiense parecía condenado a un papel secundario, la retórica agresiva de Washington lo transformó en símbolo de resistencia nacional. Trump no solo lo atacó: lo fabricó políticamente.

Canadá se le enfrenta a Donald Trump

El escenario del último choque fue el Foro Económico Mundial de Davos, ese espacio donde la compostura suele imponerse al entusiasmo. Allí, Trump respondió con su estilo habitual, sin matices ni diplomacia. "Canadá vive gracias a Estados Unidos. Recuerda eso, Mark, la próxima vez que hables", lanzó ante la prensa, en referencia a las palabras del primer ministro canadiense, quien horas antes había advertido, sin nombrarlo, que "si no estás en la mesa, estás en el menú".

Carney se convirtió en Davos en el rostro visible de una insubordinación que rara vez se expresa con tanta claridad en ese foro. No fue solo un discurso contra Trump, sino contra la lógica que, según él, domina hoy las relaciones internacionales: la de las grandes potencias utilizando la integración económica como un arma de coerción. Aranceles, cadenas de suministro, infraestructuras financieras y dependencia energética son, en su diagnóstico, los nuevos instrumentos del poder duro.

Las amenazas anteriores

El enfrentamiento no es coyuntural. Viene de lejos y se ha manifestado en cada episodio clave de la relación bilateral. Cuando Trump anunció aranceles del 25 % a Canadá, Carney respondió con firmeza: "Canadá mantendrá sus aranceles hasta que nos muestren respeto".

Cuando el presidente estadounidense volvió a insinuar la anexión, el canadiense fue tajante: "Canadá no está en venta. Canadá nunca será parte de América de ninguna forma". Trump, fiel a su estilo, replicó con un ambiguo "nunca digas nunca".

Paradójicamente, esa firmeza es lo que ha consolidado la figura política de Carney. Su prestigio previo era técnico: gobernador del Banco de Canadá y del Banco de Inglaterra, un economista respetado en los círculos financieros. Pero fue el desafío a Trump lo que lo catapultó como líder político.

De no ser por el presidente estadounidense, probablemente Carney no sería hoy primer ministro. Y de no ser por Trump, tampoco habría recibido uno de los aplausos más inusuales que se recuerdan en Davos.

Porque el auditorio se puso en pie. Empresarios, economistas y dirigentes políticos rompieron la rigidez habitual para aplaudir un mensaje que muchos comparten, pero pocos se atreven a formular con tanta crudeza. Carney dio por muerto el orden mundial surgido tras la Segunda Guerra Mundial y pidió dejar de fingir que las reglas siguen funcionando. "La nostalgia no es una estrategia", sentenció.

La tercera vía que propone Carney

El hilo conductor de su intervención fue una metáfora tomada del escritor y político checo Václav Havel: la vida en la mentira. Para Carney, la gran mentira actual es seguir invocando un "orden internacional basado en reglas" cuando, en la práctica, las reglas se aplican solo a los débiles. Las instituciones multilaterales —la OMC, la ONU, las cumbres climáticas— están debilitadas, mientras las grandes potencias actúan de forma unilateral.

Frente a ese escenario, el primer ministro canadiense llamó a las potencias medias —Canadá, la Unión Europea, el Reino Unido— a dejar de competir entre ellas por el favor del que los que ejercer supremacía y a construir una tercera vía. Negociar en solitario, advirtió, no es soberanía, sino una representación de ella. La verdadera fuerza, sostuvo, está en actuar juntos y en reivindicar el poder de la legitimidad, la integridad y las reglas, si se ejercen colectivamente.

Sin mencionar a Trump, Carney lo señaló como acelerador del colapso. No estamos en una transición, dijo, sino en una ruptura. Crisis financieras, sanitarias, energéticas y geopolíticas han expuesto los riesgos de una globalización extrema que ahora se vuelve contra quienes confiaron en ella.

El aplauso final no fue solo para Carney. Fue para la idea de que, en un mundo cada vez más dominado por la coerción, todavía es posible imaginar algo distinto. Y quizá por eso fue tan incómodo para Trump.