Las SS no nacieron como un ejército ni como una policía secreta. Su origen fue mucho más modesto y, al mismo tiempo, más turbio: un grupo de matones destinados a proteger a Adolf Hitler durante sus encendidos discursos en las cervecerías de Múnich.
En la Alemania convulsa de la posguerra, donde las calles eran campos de batalla ideológicos y la violencia política era moneda corriente, germinó la organización que acabaría encarnando el terror del Tercer Reich.
El intento de golpe de Estado de Hitler
La fecha fundacional de las SS, el 9 de noviembre de 1925, no fue casual. Coincidía con el aniversario del fallido putsch de la cervecería de 1923, el intento de golpe de Estado con el que Hitler quiso tomar el poder por la fuerza.
Aquella derrota, que terminó con muertos y con Hitler en prisión, fue reciclada por el nazismo como un mito fundacional. Los caídos se convirtieron en mártires y la memoria del fracaso se transformó en un ritual de lealtad. A partir de 1936, los nuevos miembros de las SS jurarían fidelidad al Führer, como si la sangre derramada legitimara el futuro.
En sus primeros años, las SS —abreviatura de Schutzstaffel ("escuadrones de protección")— eran poco más que un apéndice de las SA, las famosas "camisas pardas". Estas últimas, nutridas por veteranos resentidos de la Primera Guerra Mundial, delincuentes y oportunistas, dominaban las calles a golpes, interrumpían mítines de comunistas y socialistas y sembraban el miedo entre los adversarios del nazismo.
Frente a ellas, las SS apenas destacaban: unos cientos de hombres disciplinados, vestidos de negro, cuya principal virtud era la cercanía personal con Hitler.
El poder que tuvo en Alemania las SS
Todo cambió en 1929, cuando Heinrich Himmler asumió la jefatura de la organización. Burócrata meticuloso, obsesionado con la raza y con delirios místicos, Himmler vio en las SS algo más que una guardia personal. Las imaginó como una orden de élite, inspirada en una mezcla de mitología germánica, caballería medieval y pseudociencia racial.
No bastaba con obedecer: había que ser "ario", fuerte, sano e ideológicamente puro. El lema lo resumía todo: "Mi honor se llama lealtad".
Bajo su mando, las SS crecieron en número y, sobre todo, en ambición. Para 1933, cuando Hitler fue nombrado canciller, contaban con unos 52.000 miembros. Aún eran menos que las SA, que sumaban millones, pero tenían algo decisivo: la confianza absoluta del Führer. Esa confianza sería la llave de su ascenso definitivo.
La ruptura llegó en 1934, durante la Noche de los Cuchillos Largos. Entre el 30 de junio y el 2 de julio, las SS y la Gestapo ejecutaron una purga implacable contra la cúpula de las SA y otros enemigos reales o imaginarios del régimen.
Ernst Röhm, líder de las "camisas pardas", fue asesinado; decenas —quizá cientos— corrieron la misma suerte. El mensaje fue claro: la violencia ya no era caótica ni callejera, sino selectiva y estatal. Desde ese momento, las SS dejaron de estar subordinadas y pasaron a responder solo ante Hitler y Himmler.
El control del terror
Convertidas en un "Estado dentro del Estado", las SS asumieron funciones clave: controlaron la policía política, gestionaron los campos de concentración y exterminio, supervisaron la política racial y crearon su propia fuerza militar, las Waffen-SS, paralela al ejército regular.
Veinte años después de su fundación, la antigua escolta de cervecería se había transformado en una organización de casi un millón de hombres, responsable directa de algunos de los peores crímenes del siglo XX.
La historia de las SS es la crónica de una radicalización progresiva: de la violencia improvisada al terror sistemático, del fanatismo marginal al poder absoluto. Vestidas de negro, envueltas en símbolos y rituales, encarnaron la esencia más brutal del nazismo. No fueron una desviación del régimen, sino su columna vertebral. Allí donde estuvo el terror, allí estuvo la sombra de las SS.