En la redacción de El Espectador , una tarde de 1955, el ruido de las máquinas de escribir marcaba el compás habitual del cierre. Gabriel García Márquez, un joven reportero de 27 años , ocupaba su escritorio entre columnas de humo de cigarrillo y papeles a medio corregir.
La rutina se alteró por un visitante inesperado: Luis Alejandro Velasco , el héroe del momento, el único sobreviviente del naufragio del destructor Caldas. Su figura, ya paseada por los medios afines al régimen colombiano, entró a la sala de redacción con la seguridad de quien carga una historia que cree haber contado demasiadas veces.
La primera conversación fue suficiente para encender la alerta de Gabo. Velasco narraba, con una memoria prodigiosa y casi cinematográfica, los diez días que pasó a la deriva en el Caribe. Pero en ese caudal perfecto había algo más: una grieta, un destello, una frase dicha casi al pasar que contradecía la versión oficial del accidente . García Márquez, con aquel olfato narrativo que después recorrería el mundo, no soltó la pista.
Así comenzaron veinte sesiones de entrevistas. Veinte días en los que el periodista interrogó, repreguntó, ordenó, desordenó y colocó trampas verbales para detectar contradicciones. Trataba a Velasco no solo como un testigo, sino como un posible vocero involuntario de la propaganda de la dictadura del general Rojas Pinilla .
Esa revelación era dinamita pura. La Marina no podía transportar carga, mucho menos contrabando. La verdad derribaba el relato heroico que el régimen había fabricado alrededor de Velasco. Pero Gabo no era un activista: era un periodista. Y, como tal, se dedicó con disciplina de relojero a reconstruir hora por hora los diez días del náufrago.
El resultado: catorce capítulos que El Espectador publicó en entregas sucesivas. La reacción fue inmediata. En la calle 13 de Bogotá, los lectores hacían fila desde temprano para conseguir el periódico; muchos buscaban números atrasados para completar la serie. El tiraje se agotaba en pocas horas y la circulación del diario llegó a duplicarse.
El régimen, desairado por la revelación, respondió con mano dura : multas, impuestos, secuestros de ediciones. La presión se volvió insostenible y el periódico tuvo que cerrar temporalmente. Para protegerlo, los directivos enviaron a García Márquez a Europa. El reportero que había descubierto la grieta en un relato gastado partió del país casi como un exiliado involuntario.
Era el relato de un hombre enfrentado al mar, sí, pero también de un periodista que, al escuchar una frase sospechosa, encendió una de las mechas narrativas más intensas del periodismo latinoamericano.