El 9 de noviembre de 1934 nació en Nueva York un niño que cambiaría para siempre la forma en que millones de personas mirarían el cielo. Carl Sagan no solo sería astrónomo, profesor universitario y asesor de la NASA; se convertiría en un narrador del universo, en la voz que tradujo el lenguaje frío de las ecuaciones en una experiencia cercana, casi poética. Para muchos, Sagan no explicó la ciencia: la volvió inolvidable.

Su historia comienza temprano, en una biblioteca pública. Sus padres, atentos a la curiosidad desbordante del niño, lo inscribieron allí cuando aún era pequeño. Años después, Sagan recordaría aquel momento como una revelación. Descubrir que el sol era una estrella cercana y que las estrellas eran otros soles, lejanos e innumerables, le provocó una sensación que él mismo describió como “una experiencia religiosa”. Esa magnitud, esa idea de un universo vasto y antiguo, nunca lo abandonaría.

Carl Sagan, el profesor

Desde muy joven ejerció como profesor, primero en Harvard y luego en Cornell. En las aulas no solo enseñaba astronomía: sembraba escepticismo científico, pensamiento crítico y una ética basada en la duda razonada. Para Sagan, la ciencia no era un conjunto de verdades absolutas, sino un método para aproximarse a la realidad con humildad. Esa actitud lo llevó a combatir con firmeza las pseudociencias, que en su época comenzaban a ganar terreno mediático.

Su trabajo con la NASA fue tan decisivo como silencioso. Participó en misiones del programa Apolo y colaboró en múltiples proyectos de exploración del sistema solar. Pero su gesto más simbólico fue otro: liderar la creación de mensajes destinados a posibles inteligencias extraterrestres. La placa de la sonda Pioneer 10 y el famoso disco de oro de las Voyager contenían sonidos, imágenes y saludos de la humanidad. Eran, en el fondo, una botella lanzada al océano cósmico, una declaración de existencia: “Esto somos”.

Sagan también fue un científico riguroso. Sus investigaciones sobre Venus permitieron comprender que su atmósfera sufría un efecto invernadero extremo, convirtiendo al planeta en un infierno. Esa interpretación fue clave para advertir, décadas antes de que el tema se volviera urgente, sobre los riesgos del calentamiento global en la Tierra. Para él, Venus no era solo un objeto de estudio, sino una advertencia planetaria.

El programa en la televisión

El gran salto a la fama llegó en los años ochenta con Cosmos. Más de 400 millones de personas en todo el mundo siguieron la serie documental que lo consagró como el divulgador científico más influyente de su tiempo. Con voz pausada y un estilo claro, Sagan guiaba al espectador por galaxias, átomos y civilizaciones antiguas. No hablaba desde un pedestal, sino como un cómplice intelectual. Una anécdota resume ese impacto: en una estación de tren, un mozo rechazó su propina con una frase que se volvió legendaria: “Guarde su dinero, señor Sagan. Usted ya me ha dado el universo”.

Su mensaje central era tan incómodo como luminoso. La humanidad —decía— es insignificante en términos cósmicos. Somos apenas un punto azul pálido suspendido en la inmensidad. Pero esa pequeñez no nos condena: nos hace afortunados. Porque podemos mirar, comprender y maravillarnos. En esa capacidad residía, para Sagan, la verdadera grandeza humana.

Crítico de la carrera armamentística nuclear, defensor del pensamiento racional y abierto a debates sociales —como el uso de la marihuana, sobre el que escribió bajo seudónimo—, Sagan fue una figura compleja, imposible de encasillar. Nunca recibió el Premio Nobel, pero sí el Pulitzer por Los dragones del Edén, un libro que consolidó su prestigio intelectual.

Murió el 20 de diciembre de 1996, a los 62 años, tras una larga lucha contra el cáncer. Sin embargo, su legado sigue orbitando entre nosotros. Años después, Neil deGrasse Tyson retomó Cosmos, actualizando su mensaje para nuevas generaciones. Carl Sagan permanece allí, en cada mirada que se alza al cielo con curiosidad. Como él mismo escribió: “El cosmos es todo lo que es, todo lo que fue y todo lo que será”. Y, gracias a su voz, también es un lugar un poco más cercano.