Cuando tenía libre en el trabajo, Wilson cargaba su caña de pescar y se dirigía al espigón de Barbasquillo . Con paciencia y una caña barata -le costó 40 dólares-, esperaba que algún pez picara el anzuelo.

Pero hace más de un mes decidió no volver. A un grupo de pescadores aficionados les robaron los celulares y las cañas. Desde entonces, la noticia corrió de boca en boca, y aquel sitio, que solía reunir a más de treinta pescadores, en distintas horas, quedó vacío.

En busca de otro lugar en Manta

El miedo cambió la rutina. Wilson y varios compañeros encontraron un nuevo refugio: la playa El Murciélago . Ahora, en sus ratos libres, pesca en la orrilla. “La mejor hora para pescar es cuando la marea está subiendo o bajando”, dice con la caña en su mano. Lo que pesca es poco, pero suficiente para comer y, sobre todo, para mantener vivo un pasatiempo que lo acompaña desde niño.

Wilson creció en la zona rural de Portoviejo, en Riochico , donde aprendió a pescar con un simple nylon en el río. Hace varios años llegó a Manta y trabaja en una farmacia. Entre medicamentos y clientes, saca tiempo para lo que más le gusta: pescar en el mar.

La cueva, los murciélagos y la playa

El Murciélago, escenario de su afición, tiene su propia historia. El ingeniero civil César Delgado Otero cuenta en su libro Desarrollo del Puerto de Manta que la playa lleva ese nombre porque hasta 1940 existía una punta de piedra frente al actual hotel Oro Verde. En ella, el oleaje formó una cueva donde habitaban murciélagos . Con el tiempo, el mar la destruyó, pero el nombre quedó.

También recuerda que en la playa funcionó el primer camal de Manta. La sangre de los animales sacrificados teñía el agua y atraía tiburones, razón por la cual pocos se atrevían a bañarse. Solo los sacerdotes, en busca de privacidad , se zambullían en sus aguas. Con los años, el camal se trasladó y las obras del puerto transformaron la playa pedregosa en un balneario.

Hoy, El Murciélago despierta cada mañana con caminantes, surfistas, vendedores y familias que disfrutan del sol. Entre ellos, discretos y pacientes, están los nuevos pescadores aficionados -Wilson y sus compañeros-, que llegaron huyendo de los ladrones del espigón de Barbasquillo. En cada lanzamiento de anzuelo buscan no solo peces, sino también recuperar la calma que el miedo les arrebató.