Norma Moreira Hidrovo es la cuarta de nueve hermanos y aprendió a identificarse entre ellos por números antes que por nombres. Un día, conversando con una de sus hermanas, decidieron llamarse por número y estuvieron de acuerdo de inmediato: “¿Cómo se encuentra la número tres? ¿Me saludas al número ocho?”. Norma, claro, era la número cuatro.
De joven partió de Chone a Guayaquil para estudiar Economía. No aprendió a cocinar, como su madre y como todas sus seis hermanas, porque estaba ocupada estudiando, leyendo, soñando. Esa era Norma: una muchacha silenciosa, seria, dedicada y tímida, que pronto descubriría que el destino también se escribe en encuentros inesperados.
El amor llegó del norte para Norma
A inicios de los años noventa, trabajaba en la Universidad Espíritu Santo cuando llegó un profesor estadounidense llamado Michael Feldman, invitado para dirigir el Departamento de Inglés. En la universidad, aquel hombre alto, paciente y de mirada curiosa terminaría cambiándole la vida a Norma.
Fueron las secretarias quienes primero notaron lo que Norma, sumida en la tristeza por la reciente muerte de su padre, no podía ver: Michael la observaba, la buscaba, la seguía con los ojos por los pasillos. Preguntaba por ella discretamente, con la torpeza dulce de los enamorados que aún no saben cómo acercarse.
Una noche, cuando él comentó apresurado que debía irse a casa a cocinar para sus dos hijos, de quienes tenía la custodia, Norma lo desarmó sin querer al preguntarle si realmente sabía cocinar. Ese gesto mínimo abrió un puente. La invitación a cenar llegó enseguida y, desde el primer momento en que ella se subió al auto de Michael, ambos sintieron que conversaban como viejos amigos que por fin se reencuentran. Fue un amor sin estridencias, profundo, natural, de esos que se acomodan en el alma.
Cuando a Michael se le venció el contrato en Ecuador, tuvieron que partir a Estados Unidos. Vivieron en Cambridge, donde Norma enseñó español, aprendió inglés entre lágrimas y paciencia, y construyó una vida que, aunque buena, siempre tenía un hilo invisible tirándola hacia Ecuador.
Años después, cuando Michael recibió el reloj por sus 25 años de servicio en la universidad, comprendió que era hora de jubilarse. Y ambos sabían exactamente dónde querían vivir el resto de su vida.
El amor a primera vista por Manta
El primer encuentro de Michael con Manta había sido revelador. Apenas puso un pie en la ciudad, declaró que de ahí no quería moverse nunca más. Desde entonces, cada vacación los traía de regreso: primero a casas prestadas, luego a alquileres, hasta que finalmente encontraron su hogar definitivo. En 2016, un mes después del terremoto en Manabí, llegaron con la certeza de que ya no se irían. “Aquí soy feliz, aquí me quedo”, dijo Michael. Y Norma entendió que Manta era el lugar donde el amor se hacía casa.
Fue en esta ciudad donde ella regresó a un viejo amor de su adolescencia: la escritura. Las palabras que había guardado reaparecieron con fuerza. Publicó Léxico Manaba I y II, ¿Cuál es su gracia? y, finalmente, este año, Senderos Hilvanados, un libro tejido con memoria, identidad y afecto por Manabí. Un libro donde cuenta sobre el amor por la familia, la tierra, los pescadores, los agricultores; lo que ha visto, lo que ha conversado.
Un libro sobre su relación con Michael
Michael, como siempre, fue su primer lector, su crítico más honesto y su admirador más fiel. Él mismo escribió la introducción, orgulloso y feliz de ver a Norma florecer. El 1 de julio de 2024, Michael murió. Pero dejó en Norma un amor que no se apaga, una historia que ella ya ha empezado a escribir para que no se pierda, para que quede en papel lo que el corazón no olvida.
Hoy, en Manta, la ciudad que él amó a primera vista, Norma escribe. Entre fotografías, cuadernos y recuerdos, sigue hilvanando senderos. Porque la vida, como su libro, está hecha de retazos, de memorias, de silencios y de amores que siempre regresan a casa. Y Michael, el “gringo manaba”, como se calificaba, vive en cada palabra. Su Michael, quien cuando logró la nacionalidad ecuatoriana estaba feliz y se lo contó a todo el mundo.