A los 75 años, Carlos Alcívar guarda su cámara como quien encierra una vida entera en una caja. Seis años han pasado desde la última vez que tomó una foto en la playa El Murciélago, en Manta. Hoy, solo carga bronceadores que compra en el mercado Central y vende a dos dólares. Si el sol se asoma, vende cinco o seis. Si el día está frío, como el sábado pasado, vuelve a casa con las manos vacías.
Los niños que lo ven llegar de lunes a viernes frente a las escuelas solo conocen su faceta de heladero. Lo llaman el “Gato” , por sus ojos verdes, sin imaginar que este hombre fue alguna vez un náufrago, un migrante, un fotógrafo a la orilla del mar.
El "Gato", de los motores al naufragio
En su juventud, Alcívar era asistente de máquina en un barco atunero . Hasta que una noche, en alta mar frente a Colombia, la sala de máquinas comenzó a inundarse. El auxilio llegó desde un crucero de nueve pisos repleto de turistas europeos y asiáticos. El “Gato” fue uno de los rescatados. Recuerda la ironía: náufrago entre champán y alfombras rojas.
De vuelta a Manta , con la sal del mar aún en la piel pero sin rumbo fijo, siguió la corriente migratoria hacia Venezuela, donde el boom petrolero prometía lo que nunca llegó. Repartió víveres, soldó hierros, se enamoró y fue padre. Pero la vida no se ordenó. Una infidelidad lo hundió en el escándalo. Su esposa venezolana lo dejó sin ropa ni papeles y, con el corazón y el bolsillo vacíos, terminó preso por indocumentado. Mendigó . Y regresó solo a Ecuador.
Renacer en la arena
Fue un pariente quien le tendió la mano y le puso una cámara Polaroid entre las manos. El “Gato” aprendió a capturar sonrisas ajenas en la playa de Tarqui . Luego, la contaminación desplazó a turistas y fotógrafos hasta El Murciélago , donde encontró su espacio y su gente.
Durante más de dos décadas, fue parte del paisaje: camisa floreada, cámara al cuello, y esa habilidad para hacer posar a una familia entera bajo el sol del Pacífico. Pero en 2008, Polaroid dejó de fabricar películas, y con ella murió una forma de vida. Compró una cámara digital, pero ya nada fue igual. Revelar fotos era más largo, más caro. Y luego vinieron los celulares, con cámaras propias. La magia se desvaneció poco a poco.
Un reflejo del cambio
Carlos Alcívar ya no toma fotos. Ahora vende bronceadores cuando el clima ayuda, y helados cuando hay niños. La cámara duerme en un rincón de su casa, como un animal viejo que ya no caza. Pero el “Gato” sigue en la playa, porque la playa también es suya, aunque nadie lo contrate para inmortalizar un día frente al mar.