Don Ramón llegó a Ecuador empujado por el dolor. Su nombre real es José William Rodríguez Hernández , aunque en Manta todos lo conozcan, simplemente, como don Ramón. El apodo no se lo puso él: la gente, al verlo, juraba que era el doble del personaje del Chavo del 8. Y algo de ese humor también llevaba en los ojos cuando llegó al Ecuador en 1994, buscando un respiro después de la muerte de su esposa, María Eugenia.
La soledad era tan grande que decidió escapar de Cartagena. En Colombia quedaron sus cinco hijos, ya grandes, y una vida entera dedicada a la música.
Porque don Ramón nació músico. En Cartagena , siendo apenas un muchacho de catorce años, incursionó en ese mundo. Fue parte del grupo Rafael Cabeza y su Conjunto Vallenato. De aquella época recuerda el “Zongo Zorongo”, el primer éxito. Sus manos tocaba la caja y la tumbadora.
Creció en una familia pobre: dormían sobre cartón, y la música fue lo primero que le llenó los bolsillos . Su madre vendía dulces, su padre trabajaba como carpintero, y él, con cada presentación, ayudaba a levantar la casa y hasta a poner un pequeño puesto de lotería para su madre.
Desde entonces no soltó los escenarios. Tocó con Los Hispanos y con Los Corraleros de Majagual . Conoció a María Eugenia en Cartagena y se casó a los 23 años. Vivían de la música “entre bien y regular”, pero ella nunca le pidió que abandonara su oficio. Lo acompañaba a veces a los conciertos, le guardaba la ropa limpia y lo esperaba despierta cuando él regresaba de madrugada. Por eso su muerte, rápida y feroz -quince días bastaron para que el cáncer se la llevara-, lo dejó desarmado.
Cuando sintió que Colombia le quedaba demasiado llena de recuerdos, escogió Ecuador . No Venezuela, no Perú: Ecuador, donde había estado en 1972 y donde tenía amigos músicos que aún lo recordaban de sus giras con las orquestas por el país. Llegó primero a Guayaquil y luego a Manta, su destino final. Allí formó un trío con guitarristas colombianos y trabajó en Las Peñas, viajando cada viernes y sábado. Entre semana cantaba en Manta.
En 2002 apareció Landy, la mujer que lo ha acompañado desde entonces : su pareja. Fue Dios quien se la puso en el camino, dice él, sobre todo cuando en 2023 la salud lo golpeó fuerte. Un problema en los riñones lo obligó a vender algo que le dolió más de lo que admite: su bicicleta.
Esa bicicleta era su compañera fiel , su transporte desde el barrio Cuba hasta la Flavio Reyes o Barbasquillo, donde cada noche armaba su parlante, ajustaba el micrófono y entonaba vallenatos que arrastraban nostalgia y alegría al mismo tiempo. Ahora toma bus y, de madrugada, un taxi para regresar a casa. Sueña con comprarse otra bicicleta apenas pueda.
Manta lo adoptó. Él dice que es su segunda patria. Sigue cantando durante la semana, a veces en La Cuadra , a veces en algún bar donde lo llaman por su apodo: don Ramón. Su canción favorita es “Jaime Molina”, quizá porque habla de amigos que se quieren sin reservas, como los que lo recibieron aquí hace más de treinta años.
A sus 77 años, con el micrófono en la mano y el parlante a un costado , don Ramón no canta para hacerse rico. Canta porque la música, desde aquel niño que dormía sobre cartón, ha sido lo único que nunca lo abandonó. Y porque Manta, con su brisa y su noche larga, también canta con él.