Shaddai Guzmán tiene diez años, cursa sexto grado y habla bajito, como si cada palabra también necesitara pensarse antes de salir. No levanta la voz, no presume sus logros y, cuando no sabe una respuesta, simplemente sonríe. Pero basta ponerle un tablero de ajedrez al frente para entender que, detrás de esa calma, hay una mente que aprende a moverse con estrategia.
Su historia con el ajedrez comenzó temprano, a los seis años, en casa. No hubo academias ni grandes planes al inicio. Fue su papá, Diego, quien le enseñó las primeras jugadas, casi como un juego más entre familia. El primer gran impulso llegó cuando participó en un curso municipal en Manta.
El curso municipal
Antes de enviarla, sus padres ya le habían mostrado “algunas cositas”, pero fue ahí donde el ajedrez dejó de ser solo un pasatiempo. En un torneo realizado en el terminal terrestre, Shaddai quedó en primer lugar. Ese triunfo sencillo, casi casual, fue suficiente para encender algo más grande: la motivación.
Desde entonces, el tablero la ha llevado lejos. Su primer torneo internacional fue en Paraguay. Viajó con sus padres y, aunque estaba nerviosa, se sentó a competir. En la primera mesa le tocó enfrentar a la campeona de Colombia. Perdió. “Me equivoqué en algo”, dice, sin dramatizar. No recuerda exactamente en qué falló, pero sí recuerda que la rival era muy buena. En el ajedrez, perder también enseña.
Hace poco volvió a Colombia, esta vez a Cali, para participar en el Festival Sudamericano de Ajedrez, del 5 al 13 de diciembre. Allí compitió en la categoría U10 femenino, junto a 40 de las mejores niñas del continente. Shaddai terminó tercera. Subió al podio y recibió, además, un reconocimiento que pocos logran a tan corta edad: el título de Candidata a Maestra, otorgado por la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE). En Manabí, solo ella y otra niña, Alma Palma, lo consiguieron este año.
Los entrenamientos de Shaddai
Pero detrás de la medalla hay un esfuerzo que no siempre se ve. Viajar no es fácil ni barato. La Federación Ecuatoriana de Ajedrez les da el aval, pero el financiamiento corre por cuenta de la familia. Rifas, ventas, apoyo de amigos y familiares. A Cali viajaron por tierra durante dos días para ahorrar costos.
“Es todo un ritual”, explica su padre. Dos partidas diarias, una en la mañana y otra en la tarde. Hidratación constante, buena alimentación, descanso obligatorio. Dormir nueve o diez horas no es un lujo, es parte del entrenamiento.
Shaddai entrena varias veces por semana. Clases presenciales, sesiones en línea, profesores distintos. Una hora por la tarde, otra por la noche. El próximo reto es aún mayor: un torneo mundial en Georgia, Europa. Un nuevo viaje, un nuevo presupuesto, otro desafío. Shaddai escucha, callada, como si ya estuviera calculando la próxima jugada. En el tablero, como en la vida, ella aprende que pensar con calma también es una forma de avanzar.