Una mujer cabalgaba sobre su caballo con el fusil en la mano. Se llama Isabel Muentes y encarna la furia y el coraje de un pueblo que empezaba a despertar. Es 1864 y ella vivía en Montecristi .
Nació el 20 de junio de 1838, en Colorado, parroquia de Montecristi. De piel canela y cabellos negros, mirada firme y voz encendida , Isabel no fue una mujer dispuesta a obedecer los designios de una época que reducía a las mujeres al silencio doméstico . Hija de caciques, educada bajo la doctrina católica y el mandato patriarcal, decidió romper las cadenas del deber impuesto para abrazar la causa de la libertad.
A mediados del siglo XIX, Montecristi era un hervidero de tensiones y esperanzas. Ciudad de comerciantes, cholos y montubios, era también el escenario donde germinaban los primeros sueños del liberalismo radical. Allí, un joven Eloy Alfaro , de apenas 22 años, reunía a un puñado de fieles montoneros -entre ellos Braulio Reyes, Felipe Castro, Bruno Muentes, Pascual Alvia y la inquebrantable Isabel- para desafiar el poder conservador de Gabriel García Moreno.
El 5 de junio de 1864, en Colorado, los montoneros lanzaron su primera acción armada. Isabel fue quien dio la señal de ataque para capturar al temido gobernador Francisco Salazar , un militar sanguinario al servicio del régimen. Su grito rompió el silencio, y el estampido de los fusiles selló el inicio del montonero alfarista.
Pero la victoria fue efímera. El movimiento fracasó; Alfaro escapó al exilio y los compañeros de Isabel pagaron con su vida. Su esposo, Pascual Alvia, y su hermano Bruno Muentes fueron fusilados . Aun así, el fuego no se apagó: desde Colorado, la montonera se fue prendiendo lentamente.
Isabel Muentes no solo luchó en nombre de Alfaro, sino también por el derecho de las mujeres a existir con voz propia. En una sociedad que las confinaba al hogar. Lideró la emboscada contra las tropas del gobierno.
Tras los días de pólvora, Isabel se refugió en sus tierras. Viuda, madre, sobreviviente, se hizo cargo de las propiedades de su esposo y educó a su primogénito, quien más tarde emigró al Perú. Con los años, formó un nuevo hogar junto a Manuel Toro y, ya entrada en la vejez, recibió una pensión del Estado por el montepío de su esposo fusilado. Vivió más de ochenta años y, hasta el final, evocó con orgullo al Viejo Luchador: su general y amigo.
Junto a Isabel, otra mujer inscribió su nombre en la historia: Martina , la mulata valiente, hija de esclavos libertos. Se dice que, en un acto de fidelidad y coraje, salvó la vida de Alfaro al advertirle de una emboscada. “¡Amito Eloy, que te matan!”, gritó, antes de recibir el disparo que le costó la vida. Su gesto selló su destino y la convirtió en otra heroína anónima del liberalismo .
La historia de Isabel Muentes, muchas veces relegada a las notas al pie de los libros, revela que la Revolución Liberal también tuvo rostro de mujer.