En la distancia, el humo es la primera voz que habla. Se eleva en columnas delgadas sobre los campos secos de Cárcel de Montecristi, como un mensaje que cualquiera puede leer desde kilómetros: allí se están quemando ladrillos. Cada rastro de humo es una ladrillera, un pequeño mundo donde el barro y el fuego siguen moldeando la vida de decenas de familias.

Entre esos patios, con el cerro Montecristi de fondo, trabaja Segundo Palma, de 66 años, un hombre que conoce el oficio desde los 14. “Mi papá y mi mamá murieron cuando yo estaba pequeño y había que trabajar”, cuenta, mientras sus manos endurecidas acomodan un nuevo molde. “Hice ladrillos para criar a mis hermanos”. Ocho en total. Él era el menor de los hombres, pero la necesidad lo convirtió en el sostén temprano de una familia rota.

Un trabajo qe empieza en la madrugada

Su rutina empieza cuando la mayoría aún duerme. “A las cuatro, cinco, seis... depende. Madrugamos para ganarle al sol. Aquí, cuando pega, uno anda como animalito amarrado, corriendo para adelante y para atrás”, dice riendo . Por eso terminan alrededor de las once y regresan por la tarde.

El ladrillo que fabrica no es cualquier mezcla improvisada. Requiere tres tipos de tierra: blanca, negra y amarilla. “Si no mezclamos las tres, no sale bueno”, dice. La tierra ya no se consigue allí mismo; se ha agotado. Camiones llegan desde sectores como Camarón y Las Pampas trayendo el material. El aserrín, la cáscara de café y la cáscara de arroz complementan la receta artesanal que se ha transmitido por generaciones en la zona.

Segundo produce entre 450 y 500 ladrillos al día. Hay otros más jóvenes que hacen 600, 700 u 800. “Es trabajo de juventud también”, admite. En sus mejores años, trabajó con ladrillos más grandes, de 20 por 40 centímetros. Hoy, los moldes se han reducido a 38 por 14. “ Así quedó ya, hace unos tres o cuatro años”.

El proceso es manual, agotador y meticuloso. Primero mezclan el barro con los demás componentes usando las piernas y palas. Luego colocan la masa en moldes de madera sobre una manta delgada con arena. Después de un día comienza el “canteo”, el perfeccionamiento de la forma. E l secado toma entre cuatro y cinco días, siempre que el sol acompañe. Solo entonces el ladrillo puede ir al horno.

Los hornos donde se queman los ladrillos

Los hornos son gigantes silenciosos que tragan miles de piezas a la vez. En uno pequeño caben 25.000 ladrillos. Hay otros, más lejos, con 15 o 18 “bocas”, monstruos de fuego que trabajan sin descanso. El proceso de quema dura alrededor de una semana. Después, los camiones llegan uno tras otro a llevarse el producto por todo Manabí.

El precio: 115 dólares por cada mil ladrillos quemados. El obrero gana, como promedio, unos 500 dólares al mes .

En Cárcel de Montecristi hay más de cien ladrilleras. Es la actividad que sostiene a la mayoría de las familias. Es tradición, herencia, cultura de resistencia . Aquí las manos no descansan hasta que llega diciembre, mes en que las lluvias obligan a detener todo. “Volvemos en mayo”, dice Segundo, y en ese tiempo trabaja en su pequeña finca.

Su vida no siempre fue aquí. Pasó muchos años en Venezuela como albañil. Se casó, tuvo hijos y regresó hace siete años, empujado por la crisis económica y política. Lo esperaba el barro. Porque aquí, en medio del humo que se eleva y se pierde, Segundo sigue construyendo. Ladrillo a ladrillo, vida a vida.