En Manabí, el horno manabita no es solo un símbolo culinario: es un puente directo con prácticas que tienen más de 2.000 años de antigüedad . Así lo demuestra la investigación de Valentina L. Martínez y Tamra L. Walter , quienes analizaron vasijas enterradas y quemadas in situ en el valle del río Salango y las compararon con el horno utilizado actualmente en comunidades rurales manabitas.
Este trabajo multidisciplinario integró arqueología, etnografía y saberes locales para comprender cómo las antiguas culturas Guangala y Manteña utilizaron estos hornos para cocinar alimentos, conservar calor y organizar la vida doméstica. Los hallazgos muestran que esta tecnología no solo se mantuvo con el tiempo: evolucionó, se adaptó y sigue viva en la cotidianidad.
Una tecnología culinaria precolombina sorprendentemente vigente
Las excavaciones revelaron veinte rasgos arqueológicos de ollas enterradas , muchas de ellas con restos de pescado, conchas y maíz carbonizado, lo que evidencia prácticas culinarias similares a las actuales.
Las similitudes entre las vasijas prehispánicas y las ollas contemporáneas usadas en los hornos manabitas son claras:
Vasijas de forma globular , resistentes al calor
Evidencia de combustión interna
Restos de alimentos marinos y agrícolas
Tierra oxidada alrededor, producto del calor permanente
Los hornos antiguos no eran estructuras aisladas: eran parte del paisaje culinario de comunidades que integraban agricultura, pesca, recolección y buceo en su subsistencia. Su presencia revela continuidad tecnológica y cultural a lo largo de milenios.
El horno manabita actual: una herencia viva
El estudio etnográfico realizado con 20 familias permitió documentar el funcionamiento actual del horno manabita . Hoy consiste en una caja de madera elevada sostenida por postes donde se semientierra una o dos ollas de barro rodeadas de tierra, arcilla y ceniza para retener el calor.
Allí se cocinan tortillas de maíz, pescado, yuca, plátano y otros alimentos secos. La técnica implica un sofisticado conocimiento local:
Las ollas son hechas a mano por mujeres, muchas veces moldeadas y secadas durante días.
La leña se quema directamente dentro de la olla para calentarla previamente.
La tapa se sella con arcilla para retener el calor.
Las cenizas se estabilizan manualmente con agua y palmaditas para mejorar la transmisión térmica.
La duración de un horno puede superar los cinco años si se le da uso constante, manteniendo un ciclo de reparación, reemplazo y limpieza que se asemeja al observado en los hornos arqueológicos.
Una tradición en riesgo: modernidad versus memoria
Aunque la técnica ha persistido por siglos, hoy está en riesgo. La llegada de estufas de gas y eléctricas ha desplazado su uso cotidiano en muchas comunidades. De acuerdo con una de las entrevistadas en el estudio, “los tiempos han cambiado mucho... ahora muy poco usan el horno” .
Este retroceso pone en riesgo un conocimiento culinario invaluable y una práctica comunitaria que forma parte esencial de la vida manabita.
Arqueología colaborativa: escuchar la memoria de las comunidades
Uno de los aportes más relevantes del estudio es su enfoque participativo. Las investigadoras trabajan junto a organizaciones comunitarias para interpretar el pasado desde las voces actuales, integrando saberes académicos y conocimientos locales.
La investigación no busca solo reconstruir la historia del horno manabita , sino devolverla a sus descendientes, fortaleciendo la identidad y el orgullo cultural.
Un futuro que se cocina desde el barro
Los autores plantean análisis futuros orientados a estudiar las arcillas, las propiedades térmicas , la función exacta de los hornos y su evolución social. Pero el mensaje central es claro: el horno manabita no es una reliquia; es un patrimonio vivo que debe preservarse.
En un momento donde la gastronomía es motor cultural y económico en Manabí —hoy reconocida como Región Gastronómica Mundial — este legado ancestral se vuelve aún más relevante. El desafío ahora es mantener encendido este fuego milenario.