A las 11 de la mañana, bajo un sol inclemente y frente a una multitud en espera de un milagro, un vehículo azul se detuvo en el centro del balneario de San Clemente.
Del vehículo descendió, con una cadencia casi escénica, el personaje que para muchos era el Salvador reencarnado. Lo había anunciado con insistencia el "hermano Paquito", quien aseguraba que se trataba del mismísimo Jesucristo en su segunda venida a la Tierra. Era el 15 de agosto de 1992. El "hermano Paquito" era un español que unos meses antes había llegado a San Clemente e hizo el trabajo de avanzada anunciando la llegada de Jesús .
Eso recuerda nítidamente Javier, quien entonces era un adolescente de 14 años y había llegado con sus padres desde Manta al acontecimiento religioso del año. Del siglo XX, decían algunos. Después de la turbación por los zapatos, bastaron unos segundos para que la euforia se desbordara entre los más de 10 mil fieles reunidos. Alguien llegó a decir que hubo 100 mil almas. Era un día para lo sobrenatural.
Con un marcado acento españolísimo, el autoproclamado Mesías tomó el micrófono y durante 30 minutos ofreció un mensaje de redención, condena y revelación. "Soy la luz del mundo" , "Amaos los unos a los otros", "Quien deje de amar a cualquier persona no entrará al cielo", proclamó ante una audiencia sumida en el llanto, la oración y la esperanza. También lanzó severas críticas a las iglesias tradicionales, asegurando que todas estaban equivocadas.
Pero la multitud, tan devota como apretujada, comenzó a sentir el peso de la fe. Las temperaturas sofocantes y la falta de espacio provocaron decenas de desmayos y una víctima fatal: Amable Aguirre Mora, un hombre de alrededor de 60 años, oriundo de Crucita, falleció de un aparente paro cardíaco incluso antes de que el Mesías subiera al escenario.
El hombre negó con serenidad. Dijo que no había venido a sanar enfermos y que, si atendía ese pedido, pronto llegarían cientos más con las mismas súplicas. Fue una respuesta que cayó como un golpe seco sobre el fervor colectivo. Javier recuerda que junto a él había una mujer con un bulto en el cuello. Cáncer. Fue en busca de una sanación que no le sería concedida.
A falta de la multiplicación del pan, de sanar a los moribundos , de que vieran los ciegos y hablaran los mudos, hubo un gesto que fue visto como lo más parecido a un milagro. El español ordenó a una mujer desmayada que se levantara: “Señora, levántese, es una orden mía, y una orden mía se cumple”. La mujer se incorporó y caminó, lo que desató una nueva ola de júbilo. Algunos se arrodillaban, otros lloraban, unos más besaban el suelo o extendían los brazos al cielo.
Así, San Clemente quedó marcado. Entre rezos, desmayos y una muerte, aquella mañana se convirtió en una postal del fervor religioso llevado al límite. Y cuenta la historia que el “Mesías españolísimo” de los zapatos deportivos nunca volvió por esos lugares.