En El Arroyo las casas hablan, aunque estén cerradas. Son casas grandes, de más de dos pisos, levantadas con el esfuerzo de quienes viajaron lejos: hasta Estados Unidos. Sus dueños no viven aquí, aunque aquí siguen sus historias.

Se marcharon hace décadas buscando “mejores días” y solo regresan en temporadas marcadas en el calendario emocional del pueblo: en agosto, para las fiestas de San Pedro y San Pablo, o en diciembre, cuando las celebraciones de fin de año encienden por unos días las luces que el resto del tiempo permanecen apagadas.

El resto del año, El Arroyo se queda en silencio. Así es este pueblo de Montecristi. Las casas permanecen mudas, con candados que solo ceden cuando las familias retornan del extranjero. Las puertas se abren, se sacude el polvo, vuelve la vida, pero solo por unos días. Después vuelven a cerrarse, como si el pueblo entero contuviera la respiración hasta que llegue un nuevo agosto o diciembre.

El Arroyo, el pueblo ganadero

Hubo un tiempo en que aquí la vida era otra. Un tiempo de vacas, leche fresca y caminos de tierra. Todos lo mencionan: El Arroyo fue ganadero. Un pueblo que olía a tierra húmeda y a ordeño matutino. “Aquí se vivía del ganado”, recuerdan los mayores. De esta comunidad salían, cada día, miles de litros de leche rumbo a Manta.

Pero el tiempo cambió. Para algunos, el punto de quiebre fue la dolarización a inicios del siglo XXI. Para otros, la competencia de años anteriores terminó por apagar la ganadería y la venta de leche. Los precios bajaron. Los alimentos para el ganado se encarecieron. Las vacas dejaron de ser rentables y los jóvenes vieron en el norte una ruta más segura. Entonces el pueblo empezó a vaciarse.

Manuel Lucas lo recuerda bien. Tenía veinte vacas. Vendía la leche en La Pradera, en Manta. Pero hubo un momento en que la leche se pagaba poco y la comida para los animales costaba demasiado. El negocio dejó de ser negocio. Y poco a poco, la gente se fue.

Buscaron trabajo en Manta

Los que quedaron, como él, vieron cómo las casas crecían, pero la población disminuía. Vieron cómo la tagua llegó como alternativa y se fue igual de rápido. Hoy, la mayoría de quienes se quedaron trabaja en fábricas de pescado en Manta. Las mañanas son tranquilas, las tardes silenciosas, y las calles apenas se animan cuando los niños salen de clases o cuando regresan los trabajadores después de las cinco.

Klever López, de 82 años, recuerda la época dorada. “Éramos siete hermanos. Cada uno tenía su ganado”, dice, señalando una casa grande donde antes guardaban las reses. Ahora es otra casa de dos pisos, cerrada, como tantas. Él vendía leche en el mercado de Manta. Sus hermanos se fueron a Estados Unidos; él, en cambio, probó suerte en Venezuela, donde trabajó dieciséis años en construcción. Cuando volvió, el ganado ya no era lo que había sido. Tampoco el pueblo.

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En El Arroyo hay casas de dos y tres pisos que pasan cerradas la mayor parte del año.

Los que regresan desde Estados Unidos

Aun así, El Arroyo se niega a morir. Los viernes hay misa en la iglesia y eso basta para que los vecinos se reencuentren. Y cuando llegan las fiestas de San Pedro y San Pablo, del 3 al 8 de agosto, todo cambia. El pueblo se multiplica. Los ausentes regresan cargados de nostalgia y dólares. Las calles se llenan. La iglesia se adorna. Son días de música y de cohetes que apagan el silencio habitual.

Los migrantes financian la celebración. Es su manera de seguir perteneciendo al lugar que dejaron atrás. Vienen por un par de semanas. Vienen y se van. La inseguridad en el país, ahora, también pesa: muchos ya no se quedan tanto como antes. Pero vienen, aunque sea un rato, a tocar la tierra donde nacieron y a encender las luces de las casas. Luego, inevitablemente, vuelve la calma.

Las casas se cierran de nuevo. El Arroyo se queda quieto, esperando el próximo agosto, el próximo diciembre, la próxima fiesta que devuelva —aunque sea por unos días— la vida que alguna vez tuvo y que, en cierto modo, aún se resiste a perder.